The Handsmaid’s Tale, cuando distopía y realidad son lo mismo

Por Leo Lozano

«Hay países donde el mundo de The Handmaid’s Tale es el presente». Esta afirmación del actor Joseph Fiennes respecto al futuro distópico que plantea la serie de Bruce Miller nos recuerda lo atroz que puede ser la realidad confrontada con el terreno de la ciencia ficción. Esa es quizá la conclusión que deja la que muchos consideran la serie del año.

Al tratarse de una producción tan alabada, abundan los comentarios, críticas y análisis sobre su duro planteamiento. Evitaré entonces una abultada sinopsis a favor de escribir acerca de lo que The Handmaid´s Tale dice sobre nosotros en materia política y de actualidad en términos de diversidad. Más allá de las filias y fobias de lo que la antropología barata clasifica hoy en día como millennial, existe una idea errónea en esta generación al considerar que la libertad de la que hoy goza es perenne… corrijo, la libertad que gozan algunos sectores de nuestra generación. Y aquí está la médula de The Handmaid’s Tale.

A primera vista, la premisa del libro/serie perturba: una sociedad que legitima la violación, el abuso sistemático de las mujeres y su utilización como vientres de alquiler. Pero, ¿no ha sido ese el camino por el que han transitado millones de mujeres a lo largo de la Historia? A muchos nos aterra la idea de una civilización teocrática en la que al estilo medieval, la predestinación sea la regla de vida en un sistema de castas muy claro y con nulas posibilidades de ascenso social. Pero también es cierto que para algunas comunidades (indígenas, habitantes de zonas marginadas, etc.) esto ha sido una constante: nacer, crecer y morir en la miseria.

Ficción e Historia son dos versiones de la realidad. Recordemos que la novela de Atwood, publicada en 1985, fue inspirada por dos eventos reales: la supresión de los derechos de la mujer en Irán tras la Revolución Islámica de 1980, y una respuesta machista y homófoba en Estados Unidos que se registró tras la segunda ola del movimiento feminista a finales de la misma década. Por ello, no deja de sorprender la vitalidad del relato distópico. Nos sugiere sobre todo, que la distopía siempre amenaza con volver, está siempre presente, entre las capas más grises de la sociedad, y regresa con fuerza en momentos clave.

A más de 20 años de que la Organización Mundial de la Salud dejara de considerar a la homosexualidad como una enfermedad, indigna la posibilidad de que un homosexual sea colgado por ser un «traidor a su género». Sin embargo, ello no está en el terreno de la ficción. Chechenia, Indonesia, muchos países de tradición musulmana e incluso México — con representantes como Frente Nacional por la Familia— son ejemplos de que la homofobia, pese a todo, persiste. Si Atwood imaginó un mundo donde la corrección política se apropia literalmente de las mujeres, esto no se aleja demasiado del presente difuso que vivimos.

Para muchos, el triunfo de Donald Trump significó un foco rojo respecto a una cierta idea de política que se creía superada: la política supremacista blanca, masculina, discriminadora de la diversidad, empresaria, rica y cosificadora. Sin embargo, también reafirma que el capitalismo, en su forma más clásica, se ha alimentado de estos tipos de segregación para perpetuarse. En ese sentido, The Handmaid’s Tale (la serie) no puede concebirse sin la realidad política del Estados Unidos actual.

Es cierto, no podemos dejar de lado su contexto histórico, pero el relato protagonizado por la cada vez más brillante Elizabeth Moss va más allá: engloba no sólo la Historia de las mujeres, sino la lucha por la libertad del ser humano. Por ello, no es casualidad que exista una pareja de una mujer blanca con un hombre negro y varias lesbianas. No es casualidad que en la sociedad que plantea la serie se persiga y asesine incluso a miembros de las diferentes iglesias cristianas. Y creo que no es casualidad, porque la serie apela a algo que va más allá del feminismo o la inclusión de las minorías; aboga por la libertad del ser humano, por el anhelo de una sociedad que sea realmente diversa, integrada por todos: gays, heterosexuales, ateos, creyentes, etcétera.

Quizá esta lectura de The Handmaid’s Tale sea demasiado política, pero no hay otra forma de leer este relato. El drama producido por la plataforma Hulu está meticulosamente bien producido; actuaciones impecables, tomas y fotografía que la acercan a una obra de arte, un guión fino y preciso y una banda sonora de lujo. A título personal, quizá esta serie llene el hueco que dejó Mad Men.

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