Apuntes para una teoría de las moronas. La vigencia de Pedro Páramo 

Por Adrián Ávila 

«Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.» Hay una contundencia en el cierre (y en general en la totalidad) de Pedro Páramo que hoy, a cien años del nacimiento de Juan Rulfo, sigue causando incertidumbre. Escapa con maestría de las clasificaciones sosas, en gran medida por su esculpido lenguaje y edición cuasi cinematográfica. Pero sobre todo, destaca una estrategia única de borramiento y disolución. A 63 años de su publicación, la obra cumbre de las letras mexicanas ya no es ese laberinto imposible, sin embargo, sus palabras aún resguardan una complejidad secreta: se encadenan de una forma perfecta, poética y tan natural que incluso en estos días hay quien asegura que así se habla en determinadas zonas del país. El mito del famoso tío Celerino. Y es que la arquitectura de Pedro Páramo es tan sólida en su indeterminación que da lugar a una multiplicidad de lecturas extraliterarias. Pero, una frase al azar basta para ver que la escritura rulfiana es alta literatura en estado puro: «Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija.»

Toda lectura es una conversación. Hans Robert Jauss retoma la teoría de los horizontes de Gadamer para explicar que la hermenéutica literaria tiene «la tarea de entender la relación de tensión entre el texto y la actualidad como un proceso en el que el nuevo diálogo entre lector y autor restaura la distancia temporal en el ir y venir de pregunta y respuesta» [1].

En Cómo dibujar una novela, Martín Solares nos explica que Rulfo «eliminó las palabras redundantes, que alargaban la frase, le restaban contundencia o eufonía»[2]. Desde el principio, podemos observar la pertinencia de la elección verbal en el clásico íncipit: «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo»[3]. Apenas atendemos la primera oración y ya nos encontramos en una obra que está sucediendo. Gracias a las investigaciones de Juan Manuel Galaviz podemos observar la importancia del verbo a partir de una comparación. En una etapa previa, Rulfo iniciaba su novela con el verbo “Fui” en lugar del verbo “Vine”. El cambio no es fortuito. Solares explica que Rulfo «suprimió todas las referencias históricas que permitían ubicar la novela en un tiempo preciso. La mayoría de las alusiones a la revolución mexicana, por ejemplo, sólo cupieron cuando la novela era un proyecto brumoso»[4].

Así, el verbo “Vine” concuerda con esa idea de despojar a la novela de un tiempo preciso, por lo menos al inicio. Posteriormente los tiempos verbales y los narradores cambian, pero la idea de un presente al momento de empezar la novela es algo que enriquece a la obra porque estos juegos literarios generan vacíos.

Sobre el Ulises de Joyce, Wolfgang Iser comenta que «la gran cantidad de vacíos […] provoca que todo significado adjudicado a la vida cotidiana se convierta en ilusión. La indeterminación del texto envía al lector en busca del sentido. Para encontrar esto, debe movilizar su mundo de ideas»[5]. Algo similar ocurre con Pedro Páramo. Al no haber tiempo preciso, una gran cantidad de narradores y una serie de historias entrelazadas, se generan vacíos que incentivan a movilizar las ideas del lector. No hay nada determinado, pero tampoco resulta disparatado. La retórica de Rulfo en el entramado de su obra funciona para guiar al lector a través de un mundo que siempre parece nuevo.

Más allá del chisme literario, es interesante observar la evolución en el entramado de la novela, porque sólo así podemos atender a este proceso de depuración. En un inicio, la novela iba a llamarse Los murmullos. Algo más definido que Pedro Páramo. Este cambio contribuyó a la generación de vacíos dentro de la obra. Sólo después de analizarla con detenimiento, descubrimos que estamos en un pueblo llamado Comala escuchando los murmullos de gente muerta. Es entonces cuando observamos que el “Vine” del inicio está allí porque Juan Preciado llegó al pueblo, pero nunca lo dejó. Los murmullos están separados, sin embargo, unidos por una misma historia, la de Pedro Páramo.

Estos elementos hacen que la obra se mantenga vigente porque en cada lectura, incluso hecha por el mismo lector, existe un recorrido diferente. Pedro Páramo mantiene una relación de tensión constante para contar la historia de un amor frustrado. Algo que parecería cliché, si no fuera por la manera en que está narrado.

Rulfo supo manejar esta relación de la historia y el entramado. Sí, nos cuenta la historia del amor que Pedro Páramo sentía por Susana San Juan y las consecuencias de éste, pero para hacerlo utiliza los murmullos de unos muertos. Diferentes narradores, tiempos, nada explícito. Sin embargo en momentos nos narra de forma simple lo acontecido entre Pedro y Susana.

Como si ésta fuera la historia lineal para no perderse en el camino, pero que oculta un trasfondo mayor. Cuando Dorotea habla de la caída del pueblo, explica: «Y todo por las ideas de don Pedro, por sus pleitos de alma. Nada más porque se le murió su mujer, la tal Susanita. Ya te has de imaginar si la quería»[6]. Rulfo aprovecha un tema universal para relatar su entramado complejo.

En la literatura mexicana actual, Rulfo sigue vigente porque su obra es una de la que se debe aprender. De hecho el texto citado aquí de Martín Solares, es un libro ensayístico mexicano del 2014 donde aún se discute la importancia de Pedro Páramo para observar cómo se construye una novela.

Sin embargo, Rose Mary Salum es un ejemplo claro de la influencia de Rulfo en la literatura mexicana contemporánea. En su libro, El agua que mece el silencio (2015), nos presenta una serie de estampas donde se retrata la vida de los ciudadanos, adolescentes en su mayoría, que viven en una zona de conflicto entre Líbano e Israel. Los cambios en torno al crecimiento, las diferencias raciales y el encuentro entre creencias diferentes se ven reflejados en sus protagonistas.

En este texto de la escritora mexicana, encontramos una serie de voces y de tiempos revueltos. Todos parecen disueltos, pero en su totalidad forman una historia una vez que los relacionamos. Rose Mary parece heredera de Nellie Campobello y de Rulfo, pues depura su obra hasta la sustancia, y genera vacíos para mantener la tensión. Detrás del crecimiento de unos jóvenes se oculta un conflicto mayor.

Pedro Páramo siempre es vital porque nos invita a un lugar que parece olvidado, donde no existe mayor espacio, ni siquiera el tiempo. Rulfo nos invita a una tierra de muertos, allí donde siempre está, y ha estado, el mismo misterio. Unas moronas que forman una avalancha.

Bibliografía

Rall, Dietrich, En busca del texto, teoría de la recepción literaria, UNAM, México, 2008.

Solares, Martín, Cómo dibujar una novela, Era, México, 2014.

Rulfo, Juan, Pedro Páramo, FCE, México, 1990.

[1] Dietrich Rall, En busca del texto, teoría de la recepción literaria, UNAM, México, 2008, pág. 83.

[2] Martín Solares, Cómo dibujar una novela, Era, México, 2014, pág. 94.

[3] Juan Rulfo, Pedro Páramo, FCE, México, 1990. pág. 7.

[4] Martín Solares, Op. cit., pág. 94.

[5] Dietrich Rall, Op. cit., pág. 116.

[6] Juan Rulfo, Op. cit., pág. 104.