Los límites de la memoria y la biografía. Las lindas, de Melisa Liebenthal

Por Dagoberto Espinoza

—Hola.
—Hola.
—Con Irene, por favor.
—No, no está ella ahora.
—¿Quién habla?¿El hijo?
—¿Quién habla?
—López, de la tapicería. Ella tiene que pasar por acá urgentemente.
—Bueno, sí, yo le aviso.

¿Habrá ocurrido en realidad la llamada telefónica que da inicio a Las lindas o se trata de un montaje? Realmente no importa. Bajo la máscara de un documental, la ópera prima de Melisa Liebenthal (Buenos Aires, 1991) trabaja con las formas de lo vivencial para moldear un trabajo en el que se exponen algunos temas que la inquietan, temas que, resulta, no sólo son de ella, sino de sus amigas de la infancia: la importancia (o no) de sonreír en público, el largo del cabello, gustarle a los niños, o ser «linda» para una sociedad que crea valores a partir de la validación masculina, son algunos de los tópicos de un trabajo que apuesta por los límites de la memoria y la autobiografía. Sin ser un filme de denuncia en contra de ciertas sociedades machistas —en este caso, la sociedad argentina—, Las lindas aborda algunas cuestiones generales en el plano de lo íntimo. El yo como protagonista que narra sus problemas, y eventualmente los de sus amigas desde una voz en off.

Debajo del filme se esconde un pequeño estudio sobre la belleza y cómo sus representaciones han cambiado y moldeado vidas enteras. La era de la reproductibilidad técnica de la imagen ha perpetuado estándares de beldad. Tú eres bello. Tú no. Si sigues esta receta, probablemente te acerques al canon de belleza de este lugar, tiempo y espacio. Píntate. Sé un poco más atrevid@. Sonrie. Modelos que fijan patrones de lo estético, multitudes sonriendo en Instagram, gente que aparenta ser espontánea y ocurrente para ganar más likes, todo el juego de máscaras de la belleza se complica más al mezclarlo con la biografía y la memoria. Definir lo que es bello y lo que no en el siglo XXI sigue siendo engañoso: se ha ganado muchísimo en cuestión de subjetividad —vivimos en la era por excelencia del yo—, pero la sobreexposición de imágenes da cuenta de una homogeneización pasmosa: los jóvenes quieren ser como Justin Bieber o Rihanna en la media en que hace 20 años todo mundo quería ser como Britney Spears o los Backstreet Boys. Nada nuevo bajo el sol. Las reflexiones íntimas de Melisa van un poco por ese derrotero al cuestionar los estándares de belleza y su representación: «Ser fotogénica es salir bien en las fotos. Pero para salir atractiva en las fotos, ¿tengo que ser atractiva fuera de ellas? Si soy linda, ¿puedo no ser fotogénica? O si no soy fotogénica, ¿es porque soy fea?»

¿Es el filme de Liebenthal un ejercicio autobiográfico, una ficción de su yo, una especie de blog expandido o una biografía de Facebook en video? Hemos llegado a un dilema central de Las lindas: la importancia de la organización y reorganización de una narración en la configuración de una vida. Todo el tiempo nos creamos nuevos relatos de nosotros y desechamos versiones propias que caducan a medida que éstos nos ayudan a expresarnos y entendernos mejor; pero también nos creamos una biografía a partir de la mirada que establecemos sobre las cosas. Puede verse cómo las integrantes de ese grupo llamado «Las estrellitas» —las amigas de la infancia— ayudó a definir la biografía de Melisa. Habría que añadir que este no es un filme que se sienta como una obra terminada, es más bien un proceso constante de autodescubrimiento. Tal vez ése sea uno de sus méritos: en vez de mostrarnos la clásica historia de autorrealización en donde la protagonista se siente fea y eventualmente recurre a una transformación para sentirse aceptada por los demás, Las lindas apuesta por abrirse a lo desconocido y desidentificarse de lo conocido.

Las lindas se presenta como parte de la programación de Ambulante 2017.