Sobrevivir al OK Computer. Radiohead, 20 años después

foto de radiohead chida

Por César Pineda

Anomalía

Lancemos una tesis: Radiohead representa una anomalía en el patrón conductual de los grandes grupos de esa difusa categoría llamada rock (empleamos el adjetivo de grandes en un sentido amplio, que puede referirse a la repercusión musical e histórica de un grupo, a su popularidad y legado, su atrevimiento e innovación musical o simplemente a su volumen de ventas). El comportamiento estándar de esos grandes grupos, con respecto al cual hablamos de anomalía, consiste en que, llegado un momento de clímax en calidad, genio, ventas o popularidad, las agrupaciones parecen enfrentarse a un punto de ruptura, colapso, implosión o explosión.

Tales rupturas pueden tener diferentes causas, pero normalmente éstas se agrupan en dos tipos: a) el fenómeno Ícaro, consistente en que algún miembro, normalmente el líder incomprendido, vuela demasiado cerca del sol con las consabidas consecuencias. Es el caso de un Syd Barrett que se disolvió en la locura, un Kurt Cobain o un Ian Curtis que sucumben ante sus propios demonios, o incluso un Freddie Mercury o un Jim Morrison, quienes vivieron más rápido de lo que el cuerpo humano suele soportar. La buena noticia: un quiebre o muerte tempranos le otorgan al nuevo ungido como santo de la música un halo imperecedero, es llevado antes de conocer su lado avaricioso, antes de que tenga tiempo de entregarse al autoplagio. La mala noticia: ya no hace más música. Entonces está el segundo tipo de ruptura: b) la lucha de Narcisos, y es que una gran banda necesita algo más que un solo hombre, depende de dos o más grandes genios. Ha sido el caso de los Beatles o de Pink Floyd; el problema es que esos grandes genios difícilmente saben vivir cerca el uno del otro, son como el átomo de un elemento pesado y raro en la naturaleza, de los últimos que aparecen en la tabla periódica, necesitan de altas energías para ser creados y son altamente inestables.

Después de un brillo abrasador, esos soles se apagan; o bien, si no hay ruptura, perduran como estrellas enanas, opacas, que han encontrado una fórmula de éxito que es repetida una y otra vez, sin generar nada nuevo. Casi todas las grandes bandas que sobreviven al punto de quiebre terminan aquí, en el asilo del autoplagio (por decir sólo algunos nombres: U2, Metallica, Coldplay).

Esos parecen ser los únicos tres caminos para todo grupo que llega a tener cierto renombre. Pero entonces está Radiohead, la anomalía dentro de la ecuación. El grupo de Oxfordshire llegó a su clímax creativo, y con ello a su punto de quiebre, con el Ok Computer en 1997, hace 20 años. La tendencia marcaba que el grupo debió colapsar en ese punto. Y realmente estuvo cerca de hacerlo: en varias entrevistas los miembros de Radiohead han declarado que el exigente ritmo de grabación (impuesto por ellos mismos), el afán de perfección que les llevó a descartar largas horas de grabación (de las cuales surgieron canciones hoy olvidadas o que serían retomadas años después) y naturalmente el pathos de angustia, ansiedad, depresión y esquizofrenia que nutre el disco, los llevaron al borde de la separación. Habiendo al menos dos genios, esto es, dos grandes egos en potencia, a saber, Thom Yorke y Jonny Greenwood, fue casi un milagro que la banda se mantuviera. Es de notarse, además, que el grupo no haya tenido ningún cambio en su alineación original de cinco miembros; en lugar de haberse dado la salida de un integrante, podríamos hablar de una entrada en los últimos años, la de Clive Deamer, segundo calvo a la batería que es ya un sexto miembro en el estudio y en los conciertos.

¿Cómo es que han sobrevivido, y además con la misma alineación? Es todo un misterio, aunque tal vez tenga algo que ver esa actitud de serenidad quasi budista, apacible, que refleja Jonny Greenwood; de ser un David Gilmour hace tiempo que se habría separado irremediablemente de su Roger Waters al turno. Con el talento que tiene Greenwood, puede sorprender que en algunas canciones reduzca su papel musical (como las sencillas percusiones que se limita a tocar en casi toda «Bloom» o «There There») o que en otras sea Yorke quien toca los acordes más elaborados, o al menos los más protagónicos. Parece haber cierta humildad magnánima en ese gran genio que es Jonny Greenwood, una humildad necesaria para que algo grande perdure.

Y bien, Radiohead sobrevivió al OK Computer y a la depresión; lo siguiente debía ser el autoplagio, una vez asegurado su lugar en el pantheon del rock contemporáneo. Pero cuando todo mundo esperaba un poco más de la magia oscura invocada en el OK Computer, Radiohead regresó tres años después en el cambio de milenio, con algo totalmente diferente, el Kid A.

La metáfora de una vida

La discografía de Radiohead bien podría mirarse como la metáfora de una vida, en la cual OK Computer representaría una juventud ansiosa, oscura, profundamente melancólica y desesperada, al borde del colapso. La infancia y adolescencia vendrían marcadas por Pablo Honey (con su portada de bebé) y The Bends, con sus amores juveniles frustrados («Fake Plastic Trees», «High & Dry, Thinking About You»), sus deseos pueriles y predecibles («Anyone Can Play Guitar»), pero también el atisbo de oscuridad («Blow Out», «Street Spirit»). Ok Computer sería la actitud desencantada con el mundo, con el amor, con la política, consigo mismo, todo un pathos veinteañero. Pero el combustible de esa máquina musical es altamente inestable: esos estados anímicos que orillan a diversos tipos de abismo. Después de OK Computer, y según la tendencia habitual, Radiohead era un joven recién egresado de la universidad que disponía únicamente de dos caminos: el derrumbe de cualquier tipo (depresión, suicidio, separación) o hacer lo que hacían todos sus amigos, asentarse, trabajar, casarse y tener familia, una buena casa, un buen coche, una vida sin alarmas y sin sorpresas, feliz, saludable y productivo, más productivo, después de todo había encontrado una fórmula de éxito; o bien, ser el forever young que siempre vivirá con su madre, aferrado a sus años de esplendor, inmaduro, patético.

Pero Kid A fue un paso inaudito: arriesgar sin derrumbarse, sin entregarse a la complacencia fácil, al lugar común y la zona de confort. Amnesiac y Hail to the Thief representarían una lenta pero decidida salida de la oscuridad, con nuevos temas, un tanto más de adultos, como la economía («Dollars & Cents»), la política («2+2=5») e incluso los hijos («Sail to the Moon»). In Rainbows y The King of Limbs marcan la búsqueda de una serenidad madura, despreocupada, pero no exenta de dificultades, como los problemas maritales, un tema que desde In Rainbows («House of Cards», incluso «Videotape») cobra cada vez más peso hasta constituir casi el tema central del último disco A Moon Shaped Pool, auténtico canto de una ruptura lenta, por momentos indecidida; se trataría de su disco más sobrio y maduro, pero en cierta medida un retorno a la oscuridad, la cual a pesar de todo ya no es la misma de antes. Ya no es la melancolía de adolescente desesperado; es la resignada mirada a un álbum de fotografías en blanco y negro, al recuerdo de lo vivido que ya no volverá jamás, a la finitud y fragilidad de la propia vida. Se trata quizá de todo lo que el adolescente de hace 20 años ya intuía, pero era incapaz de soportar.

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