«Plaga entre plagas». Franco Félix sobre Plaga serena de Iván Ballesteros Rojo

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Querido hermano, Iván Ballesteros.

Me ha tocado corresponderte el amor en mi propia carta. Debemos intentar seguir siendo masculinos después de esta muestra de cariño. Descubramos juntos cómo hacerlo, cariño. Ésta es mi respuesta a aquella carta-reseña que hiciste sobre Kafka en traje de baño (Nitro/Press, 2015), ahora, en relación con tu más reciente libro Plaga serena (Salto Mortal, 2016). Te contaré dos pequeñas anécdotas para continuar el romance. Vayamos a eso.

1

Esto ocurrió en Tanzania en 1962. En un internado para mujercitas de Kashasha, una aislada villa al noroeste de Tanganica. Una niña les cuenta un chiste a dos compañeras en su dormitorio. Nadie sabe, hasta ahora, qué fue exactamente lo que dijo esta jovencita, pero sus interlocutoras reventaron a carcajadas. Las demás estudiantes se despertaron por el estruendo de las risas. Y, a pesar de que ignoraban el chiste, comenzaron a reírse. Se desató un episodio de histeria colectiva: 95 de los 159 estudiantes desencadenaron una epidemia que inició esa noche del 30 de enero y se propagó por toda la escuela. Cuando los médicos intentaban moderarlas, las chicas estallaban violentamente.

A los 10 días tuvieron que cerrar la escuela y enviar a las infectadas a casa. Pero esta decisión tuvo consecuencias desastrosas. Las niñas que regresaron a sus aldeas contagiaron a sus familiares, vecinos, amigos. La epidemia se propagó hasta otros pueblos como Ramashenye y Kanyangereka e incluso en una villa de Uganda, a unos 160 kilómetros al norte de Bukoba.

En su reporte de 1963, los investigadores A. M. Rankin y P. J. Philip, informaron que los pacientes no habían sido atacados por ningún virus ni bacteria, por lo que se llegó a la conclusión de que la etiología era de orden psicológica. Tampoco se hallaron contaminantes en los alimentos que consumían las estudiantes de Kashasha.

2

En 1518 en Estrasburgo, Francia, en el mes de julio, joder, una mujer llamada Frau Troffea salió a la calle gritando, y moviendo los pies como si estuviera poseída por algún demonio bizantino. Un muchacho que pasaba por esa calle de mierda la vio y le preguntó: “Señoga, cómo se encuentga, paguese que sufgue de un ataque. ¿Señoga?” y pues nada, que la dama no contesta y sigue moviéndose. Brazos arriba, patada, patada, brazo izquierdo, patada, dos pies detrás, dándose talonazos en el culo. Un culo gordo y medieval. Blanco. Maravilloso. El muchacho siente el ritmo. No lo hace tan mal la buena Troffea. Empieza a seguirla, imita los pasos: Brazos arriba, patada, patada, brazo izquierdo, patada, dos pies detrás, dándose talonazos en el culo. No pararon. Literalmente, no pararon. Cumplida una semana ya había 34 personas levantando el polvo: Brazos arriba, patada, patada, brazo izquierdo, patada, dos pies detrás, dándose talonazos en el culo. Al paso de un mes, había cerca de 400 personas bien entradas, histéricas, locas, dementes, bailando y bailando, sin poder parar: Brazos arriba, patada, patada, brazo izquierdo, patada, dos pies detrás, dándose talonazos en el culo. Si no me creen pueden leer el libro La hora de bailar, tiempo de morir: La extraordinaria historia de la Danza Plaga de 1518 del investigador John Weller. Aquí sí se murieron muchos cabrones del medioevo. Nadie podía hacerlos parar, caían desfallecidos, sin energía. La escena es escalofriante: decenas y decenas de bailarines, brazos arriba, patada, patada, brazo izquierdo, patada, dos pies detrás, dándose talonazos en el culo, entre cadáveres, gusanos, mierda, lodo. La gente seguía bailando entre los muertos como si fuera la final de Bailando por un Feudo.

3

Durante muchos años me he preguntado si la plaga francesa será el origen de aquella canción rockera de “Ahí viene la plaga, me gusta bailar”. Aunque dudo que Enrique Guzmán y los Teen Tops hayan conocido esta historia epidémica. La plaga de estos rockeritos era una chica muy fea que, como todos los feos, sabe bailar muy bien. Sólo es una coincidencia más en este mundo emocionante que bien sabes representar en tu más reciente libro.

4

Querido hermano, hagamos algo. Obviaremos las plagas bíblicas, no seamos el lugar común. También obviaremos las otras plagas reinantes. Ya sabes, cada vez hay más poetas o hippies o malabaristas. Y los normales, tristemente, somos menos en este mundo de horrores. No hablaremos de esas plagas hoy.

Tengo en mis manos tu libro Plaga serena (Salto Mortal, 2016). Debo decirte que he descubierto, más allá del gran talento que tienes como narrador, el que lo reconozco desde que nos hicimos amigos, por allá en el 2002, cuando usabas tenis Adidas y tu cara todavía parecía la de un chamaquillo travieso de la Olivares que hacía comer sándwiches de mierda a sus vecinos, más allá de tu empeño y tu angustia por escribir o intentar escribir casi a diario.

Nota al lector / público:

Aunque sin escribir, sólo hablando, relatando esas mentiras divertidas y maravillosas en la fracachela. Como la del lago misterioso del Parque Madero. La recuerdo para el público presente. Dice Iván que antes había un lago hermoso en el Parque Madero. Pero que desapareció sin dejar rastro. Dice que en una noche sin precedentes, en un frío invierno, la helada congeló este manto acuífero súbitamente atrapando a todos los patos que dormían en la superficie. Por la mañana, los patos, desconcertados, antes de partir hacia el norte, tuvieron que organizarse para aletear al mismo tiempo y así poder arrancar de las entrañas de la tierra el lago. Y así, volaron, con el hielo en las patitas y viajaron hasta Canadá, donde se halla este famoso lago hermosillense que migró gracias a la pericia de los patos silvestres. Otra. Sólo para que comprendamos la mente de este sujeto, queridos amigos. Iván cuenta que su papá y el Chobi Ochoa viajaban en un convertible hacia Bahía de Kino. A toda velocidad, el carro, bonito y todo, no tenía el vidrio delantero. Así que en una catastrófica escena en la que se combina la mala suerte y el buen destino, un pajarraco se estrelló contra el ojo del actor mexicano y quedó enterrado ahí en la cara del hombre. De esta manera, dolorosa por un lado, fue que el Chobi alcanzó mucho carisma. Gracias al pájaro que se estrelló en su cara. Volvamos a la carta.

Quiero decirte que este libro que acabas de publicar es sólo una pequeña parte, apenas discreta, del universo de imaginación depravada y graciosa que existe en tu cabeza, querido hermano. Sé que lo has intentado, porque todo el tiempo lo estamos intentando, detener el sangrado de ideas disparatadas pero es imposible. Te agradezco, enormemente, que estés sentado aquí presentando este libro, porque es cierto, casi no hay presentaciones en esta ciudad. Y te agradezco varias cosas. Lo primero: tu honestidad. Esto puede llegar a ser un lugar común. Casi todo el mundo dice: “Ah, este escritor es honesto”. Pero nunca explican a qué se refieren con la honestidad. ¿Que no robas? ¿Qué siempre dices la verdad? No. Que no intentas engañar al lector con enormes plastas de conocimiento o de información o datos irrelevantes que no abonan al texto sino a la construcción romántica del escritor sabelotodo. El puto escritor intelectual que usa moño o corbata (espero que ahora no traigas corbata, o que ninguno de los presentadores traiga moño) que escribe para descubrir el funcionamiento del mundo. Te agradezco que tú escribas sobre ese funcionamiento, sin lecciones, sino abriendo ventanas y echando luz sobre los mecanismos más finos de la psique. Lo segundo: tu absurdez. Gracias por acompañarme en este viaje, mi hermano. Agradezco que estés aquí y que veas todo esto de la misma manera que yo. Que desees la llamarada, el hundimiento, la explosión, el fin del mundo. Lo tercero: tu amistad. Ya bésame. Lo cuarto: tu escritura, tus temas. Te agradezco que hables sobre personajes distintos. Me gusta que los protagonistas de Plaga serena no sean seres chingones que coordinan todo y saben cómo moverse en el mundo. Me gusta muchísimo que hagas un libro sobre ancianos. Hablemos de ancianos.

5

La tercera plaga: los ancianos.

El tratamiento que les das a los viejos es sorprendente. Los humanizas. Pero, hay que comprender que la humanización no radica en la aberrante configuración de telenovela que nos invade todos los días. Si uno enciende la televisión o ve una publicidad o escucha a la gente hablando de los mayores, observa a un anciano con chalequito, comiendo conchas (pan, chicos, pan) con chocolate. O tal vez, está en una mecedora mirando a lontananza, como si ya supiera la verdad y la luz del sol elevara sus pensamientos hacia el infinito. O esto. Me estremezco a la mierda: un viejito abrazando a su viejita, dándole un beso en la frente. Qué tomadura de pelo. Soportar a alguien por décadas. Si un anciano besa a otro es porque uno de los dos ya se va a morir. Imaginen a dos ancianos, moviéndose lentamente en la oscuridad de su casa, rodados de tejidos y figurines de porcelana. Imaginen la luz y la cabellera blanca de la señora rebasando el filo del sillón en el que está sentada. El anciano tiene un martillo en las manos. Lo arrastra hacia ella. ¿Qué pasa en sus cabezas? ¿Colocará un cuadro o le partirá la crisma a su mujer? Cualquiera de las dos respuestas captaría la realidad. En Rosario, Argentina, un hombre de 93 años, apenas el mes pasado, mató a su nieta a balazos y casi destroza a su hija a bastonazos. Otro anciano asesinó a su pastor evangélico porque se hartó de escuchar sus sermones.

Este tipo de personajes conforman Plaga serena. Viejitos abusivos y lujuriosos que homenajean Lolita de Nabokov. El anciano del cuento “Nieves y juegos Dolores” es la versión senil del Humbert Humbert del universo Nabokoviano. Pienso que si un anciano lee tu libro, Iván, no se sentirá avergonzado, sino divertido y proyectado. Porque, por primera vez, alguien escribe un libro que trata a los viejos no como cosas o aparatos divertidos o sabios que están ahí para ennoblecer al idiota joven que vive su historia. En este libro, los ancianos son protagonistas de su propia vida mental. Son dueños de sus obsesiones y de sus fantasías. Porque, como testigos de su vida, solemos equívocamente juzgarlos. La vejez, querido, amigo, bien lo demuestra tu libro, no es el final. Recordemos que el mundo está hecho giras gracias a su generación. ¿Cierto? Que no nos culpen los milenials. Así estaban las cosas, nosotros sólo nos dedicamos a escuchar grunge, cuando el mundo se vino abajo.

 Así están las cosas, los viejos, en tu libro, hermano, son los más humanos. Porque se han ganado el derecho de antigüedad. Ellos llevan más tiempo en este puto planeta y lo odia todavía más que nosotros. Llevan más tiempo cómo contener la ira y llevan más tiempo conteniendo secretamente su lascivia. Y me pregunto, cómo es que sabes esto. ¿Sólo por tu investigación? Porque se nota el trabajo de investigación que hay detrás del libro. Has hecho entrevistas, has platicado con viejos hijos de puta y has estudiado sus perfiles. ¿Pero será todo? ¿O será que también somos un poco viejos? ¿Será que el odio, ese delicioso hilo conductor de tus historias, nos vuelve seniles?

 Creo comprender el título. Antes hablé de las plagas del baile y de la risa. Y se suele entender que las plagas son ruidosas, escandalosas, dañinas y destructoras. Las niñas se salvaron antes en Tanzania, los franceses murieron mientras bailaban y los ancianos siguen aquí, después de todo. Pienso que la plaga somos nosotros, hermano. Los seres humanos sobre esta tercera piedra en el sistema solar. Somos la plaga silenciosa que va destruyendo el mundo, poco a poco. Esos hijos de puta que tienen más de 80 años (y ésta es otra referencia nabokoviana) de se ríen en la oscuridad todos nosotros. Y todos tus cuentos tienen esa mezcla contradictoria entre la risa y la amargura. Los cuentos no resuelven nada, son como pequeñas estampas de vida cerebral de seres dañados que arden en su interior y que por fuera son como cuerpos celestes, llenos de alegría y corazón y amabilidad y sabiduría y todo eso. ¿Por qué nos reímos? ¿Cuál es el dispositivo de tus cuentos que articula la oscuridad y la carcajada? Dice Natalia Radetich:

Quien intenta asir el fenómeno de la risa se encuentra con un fenómeno insuperable: si bien podemos, como decía Georges Bataille, “producir lo risible”, si bien sabemos reír y hacer reír, la risa presenta a quien intenta comprenderla, una asombrosa resistencia. Quien intenta abordar el problema de la risa no hace sino un esfuerzo ineludible destinado al fracaso en tanto que lo risible es un fenómeno que se produce, afirma Bataille, al lado de lo incognoscible. Es por eso que Bataille pensaba que si había una posibilidad de aproximarse al problema de la risa, esa posibilidad estaba dada sólo si se partía desde una teoría del fracaso (La risa y el quebranto, 2006).

Partamos entonces desde el fracaso, para suscribirnos a la teoría de Bataille y Radetich. Empecemos por lo siguiente: las niñas de Kashasha y el misterioso chiste que destapó la histeria colectiva promete pura oscuridad, nadie sabrá nunca qué les dijo la primera niña a las otras dos. No entenderemos qué movió a Troffea, la gorda francesa que bailó hasta la muerte junto a centenas de cadáveres. Y por supuesto, no encontraremos, nosotros, los lectores de tu Plaga serena, un asidero para entender la vejez o cualquier otro tema aparecido en tu cuentario. Por ejemplo, en “Búngalow”, no lograremos entender las 50 impresiones de ese sujeto frente al mar, un enfermo que se está apagando despacio frente al oleaje, mientras el cáncer lo consume. No podremos, no, porque no se puede explicar el mundo sino vivirlo. Y tu escritura, mi hermano, permite eso. Nos deja ser, por momentos breves, un anciano pervertido, un ex asesino retirado, un abuelito lascivo, un viejo tahúr holgazán, uno psicótico, un par de viejos adictos a la lotería nacional, un suicida, un remedo de escritor, un místico senil, dos odiadores que quieren que mueras, etcétera. Tu libro de cuentos, Iván, nos permite fantasear con el dolor y el miedo y la angustia y la frustración y el deseo, el puto deseo, desmembrado y distribuido en cada uno de los actores que aparecen en este universo narrativo, y, después de todo, tener la fortuna de cerrar el libro y huir de todas estas trampas psíquicas y estos sentimientos familiares que se disuelven en la brumosa y falsa realidad. Y entonces, comprendemos algo, algo infinito y prodigioso y que no está construido sintácticamente sino que entra en nosotros como la misma vejez. Captamos el mensaje, mi hermano, sin darnos cuenta, lo aceptamos, porque nos pasa desapercibido, porque lo buscamos, lo estamos buscando, y es justamente esa búsqueda la que explica el mensaje. Aquí vamos. Vayamos a la historia de la carretilla vacía que nos cuenta Slavoj Žižek en Cómo leer a Lacan:

Recordemos la vieja historia de un obrero sospechoso de robar: todas las tardes, cuando salía de la fábrica, los guardias revisaban cuidadosamente la carretilla que empujaba delante de él, pero nunca podían encontrar nada porque siempre estaba vacía. Finalmente, lo descubrieron: lo que el obrero se estaba robando eran las carretillas. Este acto reflexivo pertenece a la comunicación como tal: no hay que olvidarse de incluir en el contenido de un acto de comunicación al acto mismo, puesto que el sentido de todo acto de comunicación también consiste en afirmar reflexivamente que es un acto de comunicación. (Žižek, 2010: 30)

¿Qué buscan tus personajes, Iván? La pregunta es la misma respuesta. No sospechamos del chiste de las niñas de Tanzania, sino de la plaga misma, porque no podemos asir, en realidad, su configuración o su mecanismo. No sospechamos de los viejitos que andan por la calle o en las casas acurrucados o meciéndose en sus sillas, porque entonces, sospecharíamos de nosotros mismos, los viejos en ciernes. La pregunta queda en el aire. ¿Qué buscamos nosotros, Iván, en tu libro? La pregunta, por supuesto, será la respuesta de cada uno de tus lectores.

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