Andrew Bird o cómo el virtuosismo también existe fuera del clásico

Por Luis Manuel Rivera

¿Qué carajos es el virtuosismo? Tenemos una idea pero lo cierto es que no lo sabemos de manera concreta. Si uno se ciñe a las definiciones convencionales, encontrará que se trata de ‘una gran habilidad para hacer una cosa, especialmente para tocar un instrumento o desarrollar otro arte’. Cualquier otra similar seguiría sin ser clara, ¿qué elementos toma en cuenta la palabra ‘gran’? ¿Rapidez, exactitud, perfección? La realidad es que yo lo veo más como una de esas palabras extrañas y ambiguas que utilizamos cuando queremos expresarle admiración a alguien que nos la causa en demasía. A decir verdad no es mi favorita para ello y sí lo son ‘barbaridad’ (en el sentido más favorable posible) y ‘maravilla’. Como bien lo señala la definición, el ámbito más común en donde hablamos de virtuosismo es en la música, pero, ¿en qué momento un músico -en estricto sentido todos los serían en cierto grado- deja de ser mortal para convertirse en eso que llamamos un ‘virtuoso’?

A mí por ejemplo me cuadra llamarle ‘virtuoso’ a Andrew Bird, me suena lógico, lo veo en vivo y me despega los poros del cuero y lo encuentro sumamente talentoso. Habrá muchos a los que no les haga la menor gracia. Una cosa es seguro, él es el menos precoupado por la forma en que se le llame dentro de la música. Somos nosotros los que nos empeñamos en nombrar o calificar a todo lo que se nos pone enfrente. Utilizar al virtuosismo y todos sus derivados es algo que se hace con frecuencia dentro de la música clásica, porque mucho se habla de que llegar a ese mundo sólo es posible mediante la práctica esclavizante o si eres un ‘virtuoso’, lo que sea que eso signifique. En ese sentido se desdeña muchas veces a las composiciones que no provienen de tal ámbito, como si la música fuera sólo eso, práctica y ‘virtuosismo’. Como si no importara la personalidad, la calidez que puedas transmitir o la capacidad de identificación, que aunque sin quererlo, puedas provocarle a un escucha. Entre un montón de cosas más que influyen para que los reflectores, merecidamente o no, caigan sobre un artista.

Pero vamos, ciñamonos a oídos -aquí vamos de nuevo a la subjetividad- medianamente educados y capaces de reconocer una buena composición y una buena interpretación. Andrew Bird es un tipo de 43 años que tiene una formación de violinista y que hasta hace poco más de 10 años, su actividad era la de ser parte de agrupaciones de jazz y no la de liderar un proyecto. En 2003, que grabó The Weather Systems y para el que aprendió a tocar la guitarra, fue el momento en el que su carrera personal comenzó a tomar mejores vuelos. Desde entonces ha editado prácticamente un disco por año, exclusivamente bajo su nombre y con una banda que lo acompaña en vivo, la cual varía dependiendo del tono de la gira y la versión de las canciones.

¿Qué fue realmente lo que lo hizo alcanzar cierta fama? Una mezcla de todo, no hay más. Quizá el abandonar el ámbito de pleno experimentar que tenía hasta inicios de los dosmiles, quizá el hecho de incluir a la guitarra como uno de sus instrumentos de composición -lo que le acercó a otros públicos más jóvenes-, quizá su capacidad que él mismo describe como la de un ‘silbador profesional’. Todo. Habrá elementos más valiosos que otros pero hasta el más pequeño resulta indispensable para conformar la percepción de un artista. Lo irrefutable es que se trata de un músico que supo encontrar su camino a partir de un instrumento (el violín) estereotipado para el mundo clásico, con el impulso de un género como el jazz y utilizando todo eso para llegar a una escena que a partir del año dos mil ha tomado una enorme fuerza mediática.

En el fondo, la finalidad de todo este intento de inspección de un término, es la simple invitación para abrir los oídos, para alejarse de los prejuicios que envuelven a la música y montarse unos audífonos con la música de este norteamericano. Antes de verlo en vivo, lo conocía, me parecía un tipo talentoso al que había que ponerle atención, pero entre tanta oferta que existe en estos días, no le había otorgado el tiempo suficiente. Hoy ya es dueño de una parte de mis prioridades musicales.

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