Escribir a punta de dolor y golpes. Un taller que entrena el músculo literario sobre un ring

Por Andrea Mireille

Suena la campana, no hay tiempo para pensar, hay que entrarle a los madrazos. Saltos, flexiones, carrera. Avanzamos tirando golpes a nuestro reflejo. Recto, cruzado, gancho. Pasamos a los sacos y terminamos cuerpo a cuerpo con el sparring.

— Más fuerte, más rápido, ¡más! —exige— mientras recibe los impactos.

Este es un taller de creación literaria y ya debidamente sudados y cansados, pasamos de los golpes al papel. Pelea y escribe es un curso sabatino de tres horas cuyo objetivo es desarrollar los músculos físicos y literarios, y su estructura rompe con la tradición y se aleja del cliché: el escritor ensimismado, sedentario, cuya inspiración surge principalmente de las adicciones y el sufrimiento.

Alejandro Carrillo, escritor y creador del sitio Tinta Chida, retoma la escritura peligrosa del autor norteamericano Tom Spanbauer, (que cuenta entre sus alumnos a Chuck Palahniuk); se trata ante todo de una confrontación con aquello que más nos duele, lo que más nos avergüenza o asusta. De la parte física se encarga Héctor Carreto, cinta negra en kick boxing. Como en la escritura, la disciplina es importante; tres retardos equivalen a una falta y dos en un mes son causa de baja, por cada persona que no llega al entrenamiento físico, los compañeros trabajen más duro en la clase.

Injusto, sí, como la vida.

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La mente se siente más despejada y doblegada por el esfuerzo físico. Comenzamos con los ojos cerrados y algunas técnicas de respiración; tenemos que grabar nuestra voz relatando un suceso triste, frustrante, que nos haya sobrepasado. Nos regamos por el lugar.

Al reunirnos nuevamente hay más de un par de ojos hinchados, nos empapamos del dolor del otro; desfilan la cobardía, el autosabotaje, el tedio, el desamor, la muerte. Las heridas quedan expuestas y por un momento ya no sabemos si estamos en un psicoanálisis grupal o en un curso de autoayuda.

No es momento de tirar la toalla. «No lo piensen. Siéntanlo. No lo analicen, dejen que salga», recalca Alejandro. Escribimos, las palabras salen atropelladas, con la velocidad y la dureza de un puñetazo. Posteriormente discutimos entre todos, que forma podría tomar el texto o cómo lo experimentado puede aportar a la historia.

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La escritura y el boxeo tienen una relación añeja y fructífera. No son pocos los autores que han combinado su afición a los golpes con la escritura. Hemingway fungía habitualmente de sparring en el Club Americano de París, intentó enseñarle a boxear a Ezra Pound, intercambió golpes con John Dos Passos y muy a su pesar fue derribado por Morley Callaghan, el réferi de esa pelea fue Scott Fitzgerald, ni más ni menos. Arthur Cravan fue conocido como el poeta boxeador por sus escarceos en el ring. Se rehúso a batirse a duelo con Apollinaire en París, pero no hizo lo mismo con el campeón Jack Johnson.

Mailer no se quedó en el papel y además de sus crónicas, tiraba golpes constantemente, dentro y fuera del cuadrilátero, Talese siente fascinación por los hombres que se juegan la vida, pero se conforma con ser espectador y contender con sus palabras. José Chegüí Torres, sabía exactamente que quería hacer cuando terminaran sus días gloria en el intercambio de golpes: escribir.

La lista es interminable e incluye a Jack London, Sir Arthur Conan Doyle, e incluso a Lord Byron, a quien es imposible imaginarlo acometiendo en un round, pero que practicaba semanalmente con el campeón británico John Jackson.

El guionista y escritor Budd Schulberg es quien mejor describió la relación entre boxeo y literatura: «Uno tiene un promotor, el otro un editor. Uno tiene un mánager, el otro un agente literario. Uno tiene un entrenador, el otro un corrector de estilo. Pero cuando suena la campana todo es accesorio. Estás ahí fuera, bajo las lámparas, desnudo y solo. Y lo que hagas o dejes de hacer puede formarte una reputación o destruirla de por vida. Eso es lo que hace tan fuertes los nexos entre boxeadores y escritores».

No es difícil adivinar porque disciplinas aparentemente lejanas son en realidad muy similares. Se trata de riñas; golpes, sudor, sangre, lágrimas. En ambas las historias surgen de los puños. El pugilista requiere de todo su cuerpo. El escritor también. Las palabras vienen de la entrepierna, del corazón, de las tripas: la escritura es más física que mental.

Round por round la clase se diluye, con las palabras garrapateadas en el papel, el dolor que se había agudizado cede un poco. Boxísticamente hablando, escribir es poner un bistec en el alma, es convertirte en tu propio cut man, aquel que espera en una esquina del cuadrilátero para curar las heridas en cada episodio.

Pelear y escribir requieren, cuando menos de arrojo, tras una contienda el dolor se siente por días, en lo cotidiano las lesiones no son pocas y pueden llevarse por años, de por vida. Aquí se explota el dolor, se muestran las cicatrices; las heridas son tocadas una y otra vez, pero no para regodearse ni para la victimización a la que recurrimos más de lo que nos gustaría admitir, sino para transformarlas, reconocerlas e integrarlas, para que ya no duelan tanto.

Alejandro comenta que si bien la rabia es necesaria, la escritura peligrosa también se realiza con amor. «Se trata de enfrentarte a lo que no quieres ver, sentir y escribir sobre ello para no quedarse en el azote, en que la vida es dolor o que todo es una mierda», señala.

Además de la catarsis, si se completa el curso puedes salir convertido en cinta negra en Kick boxing más un libro terminado con oportunidades de publicación. Veremos qué le espera a la primera generación, en la que ya todos son cinta amarilla.

El box no es una metáfora de la vida, es la vida la que es metáfora del boxeo, nuestra existencia no es similar a un combate, es uno: se gana o se pierde, todo o nada, a veces eres campeón, otras perdedor. Hay golpes inesperados y dolor, que nos guste o no, es un camino directo a la consciencia, muchas veces sólo tras un potente knock out, somos capaces de aprender, de levantarnos y seguir.

Hay que caer peleando.

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