Taxi Teherán: Jafar Panahi y los límites de la censura

Por Leo Lozano

Me duele mucho lo que pasa en mi patria pero no me puedo marchar.
Abbas Kiarostami

Existen en Irán ciertos criterios que un cineasta debe seguir para realizar películas. Por tratarse de un estado teocrático, es obvio que cualquier crítica a este o a los usos y costumbres de esa sociedad están vetados. Ni hablar de controversias políticas o religiosas. Los que se dedican al oficio en la antigua Persia han tenido que sortear toda clase de obstáculos para llevar a buen puerto sus filmes, claro, si lo que quieren es trabajar con libertad, privilegio que no les es concedido en su nación.

Pese a ello, los cineastas iraníes han encontrado los vericuetos propicios para hacer cine. Por supuesto la autoridad los ha pillado, pero los castigos impuestos y la prohibición para realizar su oficio no les ha impedido luchar por hacer eso que más les apasiona, el cine. Uno de los casos más recientes es el de Jafar Panahi (Mianeh, 1960).

Su situación, como la de muchos otros iraníes, se dediquen al cine o no, es la del prisionero en su propio país. Tal circunstancia ha llevado a Panahi a construir una narrativa cinematográfica protagonizada por su lucha personal contra el Estado que le prohíbe hacer lo que más le gusta. La más notoria fue Esto no es una película (2011), documental que narra el proceso legal que lo condenó a 6 años de arresto domiciliario y a 20 sin poder filmar.

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No obstante la prohibición, el cineasta persa se las ingenió para burlar al estado iraní y hacer eso que mejor sabe, contar historias. El resultado es Taxi Teherán (2015) un experimento en el que Panahi simula ser un taxista que recorre las calles de su ciudad; una cámara oculta en el vehículo es el único cómplice del director en esta nueva afrenta contra su gobierno.

Y ahí se queda el filme. Taxi Teherán no pasa de ser eso, un osado testimonio contra la censura. Y es una lástima, porque de entrada la premisa promete; un director de cine que encubierto en el personaje de un taxista recorre las calles de la capital iraní, y junto con él, le acompañan las historias de los pasajeros. Cabe mencionar que Panahi realizó esta especie de documental en secreto, y aunque la sola idea bastaba para contarnos una buena película, el director ya tenía trazado su camino y el filme se empapa de un discurso de protesta.

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Se entiende el contexto particular del realizador, pero Esto no es una película y Pardé (2013) debieron haberle bastado. Taxi Teherán tenía potencial. El comienzo prometía con ser algo bueno, pero decae cuando el protagonista se vuelve el director y no la galería de personajes que habitan Teherán.

Quizá me equivoqué, y el verdadero propósito de este filme era sin dudas el de mostrar la resistencia de Panahi, no obstante, en el ínterin se le fue de las manos la oportunidad de contarnos más sobre el ir y venir de una sociedad en un país tan conflictivo e inquietante como ese. Una pena.

Taxi Teherán se estará exhibiendo en Cine Tonalá durante todo agosto.