The Lobster, de Yorgos Lanthimos, una distopía cómica acerca de las relaciones afectivas

Por Guadalupe Gómez Rosas

I.

«Hagamos mundos oníricos, distópicos, hagámoslos extremos… un poco más». Pienso que es el edicto con el que amanece Yorgos Lanthimos (Atenas, 1973) cuando se propone filmar. Independientemente de que sea así, lo cierto es que el director es un pavloviano social. Es un griego de mente y cuerpo, ama la tragedia y se funde con la observación de las interacciones humanas.

La reciente entrega de Lanthimos, The Lobster, no sólo habla de las necesidades afectivas y sociales, sino que es prospectiva que se desborda, es un laboratorio donde se incluyen nuestras perversiones, miedos… La emulsión de ambos.

En 2009, el griego paralizó la pantalla con Canino. Filme de repulsión, con la producción de espacios afianzados donde se reestructuran las relaciones familiares, se normaliza la violencia y se abre un sendero para la sobreproducción de instintos.

Tres años después, el ateniense creó Alps. Desconocidos que se anquilosan para ocupar los lugares de nuestros muertos con abrazos y cariños; en resumen, un grupo terapéutico. Porque parece que no es suficiente el trauma de la pérdida, sino que también hay que hurgar en el después, en el tiempo incansable y desértico.

Con The Lobster, el griego sigue instigando los basamentos sociales, donde se privilegia la pérdida del raciocinio en comunidad y en su lugar se ofertan profundas tristezas.

II.

El filme tiene la cadencia y perspectiva de una mujer miope (Rachel Weisz); sin embargo, quien materializa los miedos y necesidades es David (Colin Farrell), un arquitecto recientemente marcado por una ruptura amorosa.

La sociedad urbana en la que se aloja David está maquetada en parejas. Esto ante el advenimiento de episodios sociales terribles si se quebranta la norma. Como todo contrato, cuenta con la letra pequeña, la cual señala que quien no sea capaz de encontrar a su “otro yo” será transformado en el animal de su preferencia.

El proceso es simple pero perturbador. Para encontrar pareja hay que adentrarse en un hotel. Si en 45 días se encuentra al alma gemela, la novel pareja se integrará a la sociedad, de lo contrario iniciará la metamorfosis.

En ese mes y medio los minutos no sosiegan, sino que se ofrecen diversas actividades, como el incentivo de «la caza», en la que los huéspedes salen al bosque en busca de aquellos salvajes (solitarios) que escapan de las reglas de la dualidad.

Cabe señalar que en el claustro de perfecta fotografía —muy al estilo de Wes Anderson— está prohibida la masturbación, pero exigida la estimulación sexual a manos de terceros. No hay tintes ni búsquedas románticas, pero sí una profusa desesperación por encontrar conexiones de nimios detalles, como los estudios en común, el tono de voz o una característica genética. Todo para evitar la conversión en un animal… el amor como sea, no importa, no tiene puerto.

III.

Contrario al guión jocoso y sardónico, hay lecturas de miedo y nostalgia, donde la revisión de nuestra realidad es más cercana a la película que al espacio de libertad y palpitación romántica.

La segunda parte del filme sale del hotel y se interna en el bosque, donde viven los «solitarios», y donde las reglas son tan dictatoriales como las del primer escenario. La mujer que dirige el clan de solitarios es la brillante Léa Seydoux, que representa a una fascista del contacto y de expresión militar y nómada.

Ambos espacios —hotel y bosque— sólo son los polos de una sociedad traspasada. Donde los diálogos no existen y las condenas y juicios son unilaterales. El factor miedo del espectador recae en las relaciones actuales y en el futuro constrictor del mundo real: en las tradiciones que tachan de «mujer sobrante» a miles de chinas, solteras y mayores de 25 años. En los resquemores de la gente que denomina «solterones» a aquellos que prefirieron tener una vida individual.

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Tan peligrosa es esta posición de perpetua irritación contra los solteros, como lo es la supuesta superioridad de aquellos que piensan que es un error garrafal reproducirse.

Es un hecho que en 2050 la mayoría de la gente vivirá en contextos urbanos y que los recursos serán sumamente escasos, sin mencionar la crisis hídrica que nos depara. Sin embargo, el orbe no puede dejar de existir ni de mutar por cuestionamientos absolutos que pueden convertirse en despóticos.

Más allá del entretenimiento, el hilarante guión y por supuesto de las delicadas actuaciones, hay un dejo de consciencia. Como toda distopía, el miedo produce dudas antes las posibilidades, por ello, Lanthimos es cineasta pero también un agitador, porque orden y caos se enredan y luego desfallecen en los escenarios creados por el griego.

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