Cosmos: Gombrowicz y la carta de despedida que dejó Żuławski

Por Luis Manuel Rivera

Cuando Andrzej Żuławski (Lwów, 1940) nació, Witold Gombrowicz (Małoszyce, 1904) tenía 36 años y recién había publicado Possessed (1939), su segunda novela, de la que Andrzej retomaría el nombre en forma de sustantivo para firmar su obra más conocida en 1981, Possession. Żuławski no quiso morir sin adaptar una de las obras de Gombrowicz, y de la mano de un debutante Jonathan Genet y una irrepetible Victoria Guerra, alcanzó a filmar Cosmos (2015), una cinta basada en la novela que Witold publicó en 1965 y que desprende tanta teatralidad como agudeza visual. Una digna carta de despedida.

Las obras plagadas de otras obras en el contenido son esos eslabones que siempre se agradecen. En ellas, piezas del rompecabezas que uno está seguro se encuentran en el lugar correcto porque quien las ha puesto tiene las credenciales para brindarnos certezas. Cosmos es uno de esos engranes, por ella transitan desde Stendhal hasta Pasolini, y en medio de ellos montones de diálogos poéticos liderados por el frenetismo de Genet, el protagonista que interpreta a Witold, un escritor novel en proceso de inspiración.

Lena (Victoria Guerra) es esa musa de mirada tan penetrante como la línea más cruda de Pier Paolo en Saló o los 120 días de Sodoma. La joven portuguesa jamás ahonda en diálogos porque no los necesita. Quizá si lo hiciera arruinaría la potencia visual que ofrecen sus ojos, su rostro, su ser. Witold no le envidia nada a la mirada de Guerra y es quien a lo largo de la cinta intenta descargar a punta de tecleos toda esa fuerza que ella le transmite, siempre rodeado de una familia de singularidad ajena al común denominador y con la incertidumbre de una serie de sucesos que el protagonista, al lado de su compañero Fuchs (Johan Libéreau), intenta descifrar todo el tiempo.

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Un gorrión muerto, un gato asesinado, maderas pegadas y comportamientos que rozan la locura, son los símbolos que enmarcan a la cinta que pone en contraparte a Lucien (Andy Guillet), el novio de Lena y el personaje más soso que pudo escribir Gombrowicz y dirigir Żuławski. Elementos de naturaleza peculiar que nunca encontrarían un espacio en eso que llamamos la «normalidad».

El abanico de personajes que aparecen en Cosmos, junto con la paleta de colores que maneja, hacen gozar al espectador de una variedad visual llena de luces y contrastes, mismos que sincronizan todo el tiempo con las punzadas al oído que brinda el guión. Exageración, gritos, gestos que intentan rasgar la propia piel y una desesperante aceleración cada que Witold se pone frente a la computadora a intentar escribir un libro en letra gigante.

Lo que más se agradece: transmitir a través de la pantalla, la gesticulación que el teatro defiende sin perder todos los elementos de imagen que el cine requiere. Lo que menos: que no habrá más cintas de Żuławski, que nos ha dejado con unas ganas que se habían saciado luego de 15 años sin dirigir nada y que parece que sólo lo hizo para eso, para firmar su despedida.

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