Somos lengua o la celebración del rap mexicano

Por Eduardo H.G. / @eduardoachege

Uno de los fenómenos menos explorados en la cultura contemporánea del país es el rap. Cosa que no ha pasado, desde luego, en la producción cultural estadunidense, donde el género se gestó hace más de 30 años y actualmente ocupa el trono en la estética pop y la industria musical. Pero en México, la historia del rap —y del hip hop en general— se ha cocido aparte. Por muchos años, el rap fue visto (y en parte lo era) como un fenómeno pandilleril, callejero y sin lugar en los medios. Quien emulaba la ropa holgada, el estilo del rapero, era visto como un ente extraño y fuera de foco. Al interior del movimiento la escasez de recursos, estudios, promotores, etcétera, era paliada con la creatividad y unas ganas tremendas de rimar.

Siempre la rima, el punch line, las skills y el beat.

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Rapear dotó de sentido a generaciones enteras de jóvenes en el underground a partir de la década de los noventa. Y de a poco, el rap mexa forja su lugar como una pequeña pero poderosa industria; con su natural y necesaria diversificación de estilos. Y en esta ecuación no hay que perder de vista el lenguaje. El rap es, sobre todo, lenguaje. La experiencia y la proyección del individuo dibujadas en líneas de letras en rima; una práctica poética con todo lo que ello implica; un ejercicio de afirmación catártica, vital; una saga de crónicas que tienen a la urgencia como combustible perene.

De todo esto va Somos lengua (2016), del director y escritor Kyzza Terrazas (Nairobi, 1977).

Terrazas ha trazado el documento visual más completo, en términos geográficos y de personajes, sobre el rap en México. Somos lengua mete su lente en la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, Gómez Palacio, Torreón, Aguascalientes y el Estado de México, para retratar el coro de MC´s (Maestros de Ceremonias) del soundtrack de un país variopinto, violento y soterrado. En su propuesta, Kyzza ha tomado el pulso del rap mexicano y del país. Aquí está la guerra, el narco, los levantones, las desapariciones, el machismo, las pandillas y el egoísmo rampante; pero también el goce, la sensualidad, la fiesta, las caguamas en la esquina, el crew y el toque de mota.

Aquí hay arte.

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Las secuencias iniciales nos introducen a la narrativa del documental: en la primera un joven MC Giro camina sobre el Paseo de la Reforma, en una manifestación por los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala, Guerrero, y se sube a rimar en una camioneta improvisada. Su freestyle tiene un tinte evidentemente activista. En la siguiente toma vemos a Tanke One, un MC veterano del norte del país, platicando con un conocido del barrio que enseña a la cámara una navaja. Tanke le pregunta: «¿A cuantos ha picado ése, güey?». «Como diez… muertitos dos», contesta el otro. Luego Tanke cuenta que en Pilar Blanco, el barrio bravo por el que lo camina, se dio sus primeros tiros tomó rivotril y clonazepam con cerveza, y se dio su primer pase de cocaína. También fue donde conoció el rap por primera vez y lo comenzó a practicar como un juego.

Uno de los motivos por los que el rap se ha hecho meca en México es que algunas de las condiciones que llevaron a los fundadores del género en el Nueva York de los setenta prevalecen en las periferias: marginación, violencia y el deseo de esparcimiento. En el rap, dice Muelas de Gallo, el MC de la Banda Bastón, «si eres un pinche virgen no vas a escribir de bitches. Si eres un culero que no se sabe portar bien como muchos de por aquí vas a escribir de morras, de empedar, de drogas. Tampoco se trata de andar contando mentiras, ni de caer bien, no somos héroes. La onda del MC también es contar un poquito de esta vida mala, de los errores, de tu cagadero».

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Somos lengua atina en capturar las diversidad de ópticas con las que se ejerce el rap nacional, en las cuales radica, precisamente, su tremendo valor artístico. Desde las batallas de freestyle de la liga Spit (la primera liga de batallas escritas de México), pasando por el trap de Yoga Fire, el flow intelectual de Menuda Coincidencia, la sinceridad vocal de Jezzy P, las aventuras de la improvisación en el Metro de Lobo Estepario, la estela dejada por Adán Zapata (asesinado en San Nicolás de los Garza, Nuevo León en 2012, por un comando armado), la destreza de Tocadiscos Trez pinchando acetatos, la sinfonía musical de Dignatarios y la poesía corporal de los B-Boys.

A cuadro, seguidos cámara en mano o en largos paneos, los MC´s tejen un retrato colectivo del rap en uno de los momentos más importantes para éste en México; cuando el género, en gran medida gracias a Internet, a un circuito de spots que dan cabida a nuevos y cada vez más jóvenes públicos, y a promotores interesados, vive su época de oro desde hace unos tres años, como ha dicho Feli Dávalos, poeta, rapero, especialista en hip hop, que además tuvo el atino de ser el asesor de Kyzza en el trazado del mapa de artistas para la filmación del documental. Feli no sólo ha sido el dealer musical de Terrazas, sino que lo ha llevado directo con los productores del material.

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En Núcleo Cultural Hip Hop. En tiempos de guerra, Dios es caprichoso (Ecos Suicidas Ediciones, 2011), el escritor y rapero Alán Rojas Ramírez escribe: «Hegel pensaba que la filosofía es hija de la época; es decir, surge de circunstancias específicas. El Hip Hop surca por la misma línea. Su manifestación satisface las necesidades de una generación. Por ello, aunque estemos de luto o festejemos, el Hip Hop nace, muere y vuelve a nacer». Somos lengua es el retrato de cómo el rap y la poesía explota en las generaciones de artistas que lo nacen y renuevan con cada rima.

Somos lengua se presentará en el Festival Internacional de Cine de la UNAM como parte de la selección en competencia Ahora México.

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