The Revenant: la pretensión, pero el renacimiento de la épica

Por Adrián Ávila

Desde que se anunciaron los nominados al Oscar, The Revenant ha ganado mucha publicidad y expectativa debido a las doce categorías en las que compite, además de la popularidad en torno a la estatuilla y su relación con Leonardo DiCaprio. Sin embargo, cuando una película destaca a causa de la Academia, me resulta difícil creer que pueda ser tan buena. Casos ha habido como Avatar, El señor de los anillos III o Titanic. Pero Alejandro G. Iñárritu es una persona que sabe hacer bien su trabajo, y con su última obra ha demostrado, si no la creatividad, sí la madurez en aspectos técnicos y narrativos.

Biutiful, Babel, Amores Perros, Birdman, y 21 gramos han sido ejemplos de películas que destacan por su crudeza, e incluso han tratado de hacer algo fuera de lo cotidiano para su director. Las historias enredadas de Amores perros y Babel con su mezcla de culturas; la constante incertidumbre y el grado de indeterminación de Biutiful y 21 gramos; el plano secuencia de Birdman. Incluso en su cortometraje del 9/11, Iñárritu nos dio una narrativa caótica y subversiva… Pero en The Revenant se siente una pérdida de esa creatividad, aunque quizá eso sea nuevo para su director. Si en algo destaca, es todo lo que cuenta a través de su silencio que da profundidad a muchas escenas y que presenta un western donde lo épico revive.

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The Revenant es mucha técnica, bebe de Star Wars y Joseph Campbell en El héroe de las mil caras. Claro, está basada en un libro del 2002 de Michael Punke, pero en cuestiones narrativas, como dice Barthes, «el texto es un tejido de citas provenientes de mil culturas…». Tenemos al clásico héroe, Hugh Glass, con un origen desconocido que se enfrenta a una bestia, sale victorioso, pero mal herido, pierde a su hijo y esto le genera un motivo de venganza que le hace sobrevivir. Tenemos un western. En su búsqueda por saciar su ira, se reencuentra consigo mismo, sobrevive, conoce a un ser místico que lo cura y guía, pero éste debe morir para que el héroe continúe.

Esto no quiere decir que me parezca mal o un retroceso en las películas de Iñárritu. Simplemente faltó un plus de creatividad que en otras obras hemos visto. Sin embargo, The Revenant es una excelente película porque la supervivencia y la venganza destacan a partir de sus dos protagonistas, Leonardo DiCaprio y Tom Hardy.

Por su parte, DiCaprio, en su papel de Hugh Glass, realiza todas las pruebas no como una manera de crecer y hacerse fuerte, sino de recuperarse realmente. En otras películas, el héroe es un ser debilucho que, si bien tiene algo especial, debe realizar diferentes pruebas para madurar sus virtudes y crecer en fuerza. Pero este no es el caso. Desde un inicio, con apenas unos detalles, sabemos que Glass es un tipo duro; ha perdido mucho y sólo le queda su hijo, y cuando termina malherido tras luchar contra la bestia, busca sobrevivir para cuidarlo. Sin embargo, lo pierde a manos de John Fitzgerald (Tom Hardy) y la venganza se convierte en su motivo.

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Mientras que Tom Hardy es un excelente actor como villano que logra transmitir la dureza de un sujeto educado por un hombre alejado de la mano de Dios. No es dibujado como el clásico hombre pérfido, sí, asesina al hijo de Glass, roba el dinero de la compañía, se queja todo el tiempo de la forma de actuar de los demás y es egoísta, pero sin perder su carácter de ser humano. Simplemente busca sus propios intereses, no se siente malo e incluso dejan ambigua su decisión de ahogar a Glass. Ambos son sobrevivientes, duros y convencidos en sus propios intereses. La historia no es sólo la supervivencia de Glass, también la de Fitzgerald.

Gracias a esto, Iñárritu logra despertar la épica que ni siquiera The Force Awakens pudo, porque construye tan bien el viaje de sus dos personajes y genera una tensión tal que al final ambos llegan con la suficiente fuerza como para darle sentido al largometraje. Esa secuencia final de la pelea entre ambos, genera un enorme placer por la violencia que te sientes parte de la lucha, estés del lado de Glass o Firtzgerald. Toda la película son dos avalanchas que chocan en ese instante y el espectáculo es enorme.

Sin embargo no es una película perfecta. Uno de los mayores problemas que encuentro es la saturación de paisajes que no sirven como transición de una escena a otra, sino que parecen la mera pretensión del Chivo Lubezki por demostrar su grandeza fotográfica. Y la tiene, pero el abuso en un recurso hace que el mismo pierda contundencia. Claro, hay escenas necesarias, fotografías que nos enseñan la belleza de la naturaleza, que nos envuelvan en la abrumadora tranquilidad de los paisajes, o la soledad del individuo frente al aparente desierto de nieve, pero otras más alargan e incluso llegan a hacer tediosa la película.

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Por otra parte, la música de Ryuichi Sakamoto no destaca lo suficiente como debe serlo para un compositor de ese estilo. Quizás haya sido con la intención de dejar al silencio hablar o a las imágenes, pero apenas me percaté de su presencia hasta la escena donde llegan a la aldea.

Al final, la historia concluye con la victoria de Glass sobre Fitzgerald, a quien deja ir por un río porque la venganza «está en las manos de Dios», pero si dejas a alguien así de maltrecho sabiendo que unos indios lo asesinarán del otro lado, no estás dejando mucho al sino. Sin embargo, el final habla mucho de lo que aprendió Glass a lo largo de su viaje, el cual puede ser visto como un descenso a los infiernos para resurgir, sólo que al final, descubre lo fútil de la venganza, nada traerá a su hijo de vuelta. Si deja a Fitzgerald con todas las posibilidades de morir es porque el sobrevivió a la misma situación. Y nos deja con la pregunta, si perdemos nuestro motivo para seguir adelante ¿qué nos queda? Seguir respirando incluso al final de los créditos.