Una oda a la familia: The Revenant, de Alejandro G. Iñárritu

Por Alejandra Barrios Rivera

Si con Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), Alejandro G. Iñárritu abandonó los recargados melodramas solemnes de sus anteriores filmes para dar paso a un humor ácido en donde incluso jugó con la fantasía, en The Revenant (titulada en México como Revenant: El renacido) el director vuelve a la seriedad de la tragedia y la muerte presente en prácticamente toda su obra. No se entienda esto como un retroceso sino un vuelco necesario a la grandiosidad por momentos alcanzada en Babel. De lo que hablo es de la épica. La premisa de The Revenant nos da una ligera perspectiva del nuevo viraje elegido: la odisea real que vivió el cazador y comerciante de pieles Hugh Glass tras pelear a muerte con un oso grizzli. La idea resulta impensable en la actualidad. La naturaleza ya no es objeto de temor y veneración. Buscar un lugar sin ayuda de aplicaciones de geolocalización parece hoy una locura. Salir a la montaña sin un guía o acompañantes es propio de misántropos o suicidas. Lo que notablemente retratan G. Iñárritu y Emmanuel Lubezki es probablemente uno de los últimos momentos en los que la naturaleza y el ser humano se dieron la mano. Estamos en 1823, tiempo en el que no había caminos sino veredas y enormes paisajes inabarcables. El frío podía aniquilar poblaciones enteras. Aún no se hablaba de crisis ambientales. Las manadas de bisontes y lobos podían correr libremente sin necesidad de estar en una reserva ecológica.

Desde el escenario gélido y casi inexplorado del norte estadounidense (aunque, sabemos, el rodaje se realizó en Canadá y Argentina), G. Iñárritu se propone hacer una obra que logra dar una sensación de fragilidad continua en el espectador. Las montañas tupidas, peligrosas como un animal en constante acecho, y los ríos indomables cual caballos salvajes, enmarcan una aventura como hace algún tiempo no se recordaba en una sala de cine comercial. Lo usual es ver monstruos destruir ciudades enteras, superhéroes disputarse el futuro del mundo en una pelea, o contemplar a un gurú de Silicon Valley presentar una computadora ante un montón de ñoños informáticos. The Revenant da un paso atrás en la historia de la (in)volución humana. Regresamos a pulsiones primarias; sin embargo, el filme no deja de ser actual: existe una búsqueda constante por encontrar el sentido de lo que mueve a las personas. Porque la venganza, raíz de todo western, es motor para Hugh Glass (un Leonardo DiCaprio apasionante) pero no es el leitmotiv de su atormentado trayecto. Tras las más de dos horas y media de duración del filme, una pregunta late, inquietante: ¿cómo sobrevivir al dolor de la pérdida de alguien amado? Como Ulises, Glass emprende un viaje para encontrarse a sí mismo. En ese sentido, The Revenant trae a la memoria filmes como El árbol de la vida (que también incluye la siempre virtuosa cámara de Lubezki), de Terrence Malick, en el uso de la imagen contemplativa y las ambiciones filosóficas. G. Iñárritu ha hecho de la crueldad un poema desbocado, sí, pero no por ello menos conmovedor acerca de la familia. La familia nos hace regresar a la vida y redimirnos, o bien, realizar acciones terribles. Ese parece ser el tema que mejor ha capturado Iñárritu en su filmografía.

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Por último, me parece importante el tratamiento de la cuestión indígena. Si bien, G. Iñárritu retrata periféricamente los despojos y violaciones que sufrieron comunidades como la arikara, destaca cómo es que el entrecruzamiento de las dos cosmovisiones hizo posible que un hombre como Glass existiese: adopta la espiritualidad y la lengua de los pueblos originarios. Se mete en la piel animal (cual sacerdote o nahual) para sobrevivir a los infortunios. Su descendencia es producto del mestizaje. En el otro extremo se encuentran los indígenas, que intercambian pieles por caballos con los franceses; han perdido cierta sacralidad y se vuelven mundanos. El indígena se occidentaliza y el occidental se indigeniza. Lejos de la fórmula que Danza con lobos enlató y vendió exitosamente sobre la fusión del blanco con el indígena, o sea una, en la que el vaquero logra domeñar a las tribus para así salir victorioso, The Revenant refleja el auge del capitalismo moderno. No perdamos de vista a John Fitzgerald (un magnífico Tom Hardy, quien la hizo en grande en 2015 al protagonizar la vibrante Mad Max: Furia en el camino), un verdadero representante de cierto individuo moderno: sin ética y alma, apartado del sentido de comunidad, ambicioso y criminal.

The Revenant se estrena el 21 de enero en salas de todo el país.

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