Ana Teresa Fernández: Borrar fronteras pintando

Por Óscar Tinoco

El nombre de Ana Teresa Fernández (Tampico, México) resuena en la frontera. Su trabajo como pintora le ha brindado popularidad: borrar simbólicamente la reja que divide a Tijuana de San Diego, a Nogales de Arizona y próximamente la que se levanta entre El Paso y Ciudad Juárez.

La demanda en su proyecto «Borrando la frontera» es exigir mayor respeto a los derechos de los migrantes que tratan de alcanzar el sueño americano. Para eso, cargada de botes de pintura, brochas y rodillos, ha extendido el ambiente que rodea la cerca para mostrar un mundo sin rejas que dividan a la humanidad. Una utopía vuelta realidad, aunque sólo sea un efecto visual.

La migración es uno de los temas que más conciernen a la tamaulipeca, al igual que el papel de la mujer en la sociedad moderna. Desde pequeña dejó Tampico para radicar en California, donde ha vivido por más de 20 años. Esa experiencia intercultural marcó su vida para siempre. Estudiar arte, observar cotidianamente a los migrantes que intentaban sobrevivir en Estados Unidos y hacerse consciente del rol de la mujer, son factores que influyeron en su obra y conciencia social.

Recuerda que a los 15 años un hecho marcó su vida. Mientras trataba de encontrar su voz en el arte, un día en un bar escuchó una conversación que le erizó la piel. Una chica que se encontraba en la mesa de al lado estaba emocionalmente quebrantada, su novio había roto con ella y ésta platicaba lo sucedido. De repente una frase que salió de la boca de la menor mermó para siempre el espíritu de Ana Teresa, «los hombres quieren una puta en la cama, y una dama en la mesa». «Esa frase resonó muchísimo en mi cabeza. Me dolió el estómago», —comenta.

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El arte de Ana Fernández es considerado por ella misma como performance documentation, aunque también coquetea con el hiperrealismo. Según ella, documentar a través de la pintura es algo que aún le cuesta trabajo aceptar a la gente, porque a lo largo de la historia del arte la pintura siempre ha tenido una carga de ficción.

Hacer documental a través de la pintura es para combatir la carga histórica que tienen muchos hombres que pintan mujeres de cierta manera, por lo cual es muy importante para mí que sea real.

Las protagonistas en sus obras son mujeres que no muestran su rostro. Situadas en situaciones domésticas del hogar, son trazadas con un toque de sensualidad que atrapa la mirada. En las pinturas se describen el sometimiento a la mujer, las paredes del hogar y el modelo femenino impuesto por el cine y la televisión.

El trabajo de la artista, influenciado por Marina Abramović y Barkley Hendricks, ha sido presentado en diversas exposiciones internacionales como la Galería de la Raza en San Francisco, el Edge Zones en Miami o el Great More Studios en Sudáfrica, entre otros.

Aunque la diferencia horaria entre California y México nos separaba por dos horas, pudimos, vía skype, charlar por largo rato con Ana Teresa. Aquí la conversación que tuvimos con ella.

¿Por qué dejaste México?

Crecí en Tampico hasta los 10 años. Un amigo de mi papá le ofreció trabajo como médico en San Diego, California. Le comentaron que en esa época la comunidad hispana estaba creciendo enormemente y necesitaban doctores bilingües. Él es cardiólogo y estaba en Tampico, un pueblo con mucho folclor y carisma, pero bastante cerrado y con pocas posibilidades laborales. Ahí empezó mi doble existencia, mi identidad bicultural y bilingüe. Estar viajando constantemente, acercarte y alejarte te amplia la perspectiva. Observas a la gente que te rodea desde diferentes ángulos.

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¿Cómo influyó eso en tu conciencia?

En esos viajes me di cuenta de la política de género. Siendo mujer me decían que debía comportarme como jovencita y que no podía decir cosas fuera de lugar. Cuando regresé a EU me sentía con mayor libertad de expresión y más oportunidades de trabajo. Esa amplitud de perspectiva fue a raíz de vivir en dos lugares al mismo tiempo. A los 19 me fui a San Francisco a estudiar arte y fue ahí donde me di cuenta de la labor doméstica que hacían las mujeres de mi familia, tanto mi mamá y mis tías no tuvieron la oportunidad de llegar a la universidad porque no era bien visto.

Cuando llegué a San Francisco y trabajaba en cafés, me di cuenta que la gente que hacía labor doméstica eran hombres y mujeres. Pero migrantes que venían de otros lados y arriesgaban sus vidas para venir y hacer la limpieza de otra gente. Pensé ‘qué interesante que arriesguen su vida para limpiar la de los demás’.

Siempre fue una frustración ver que las mujeres en mi vida no tuvieran posibilidad de expandirse más allá de las paredes de su casa. Ahí vi otro nivel de injusticia del mismo tipo y eso fue lo que me acercó a la cerca fronteriza.

¿El placer por la pintura cómo lo adquiriste?

Siempre lo traje por dentro. Era una manera de existir, una manera de hablar y decir las cosas. Nunca fui buena estudiante, se me dificultaba mucho memorizar cosas, pero la manera en que veía el mundo era diferente a la de los demás. Desde pequeña muchas cosas las aprendí a través de los sentidos. Me acordaba muy bien de cómo olía un espacio, de cómo se escuchaba, de cómo se sentía mi piel. Aprendí mucho de esa manera. Cuando mis papás me enseñaron la literatura del realismo mágico dije ‘yo de aquí soy, soy de este mundo, lo entiendo, veo así las cosas’. Me ubiqué. Pasaba mucho tiempo leyendo en ese periodo.

En lo que yo hago, que es «performance de no ficción», busco los momentos mágicos dentro de lo real. Siempre haciendo documentales en tiempo específico. Creo esa tensión donde logro atrapar lo más mágico dentro de lo más mundano. Lo más normal para que la gente lo pueda ver de una manera distinta o pueda ver de otra manera lo que ya se había acostumbrado a ver.

En tu obra se puede observar cómo plasmas a la mujer en situaciones de ama de casa pero en posiciones provocadoras, ¿por qué utilizas este concepto?

Una de las maneras en que las mujeres se mantienen en silencio es sometiéndolas en la labor doméstica. Se espera que la mujer tenga a los niños en la cama y que la comida esté hecha cuando el hombre llegue. Yo lo viví por años cuando me regresaba a México con mis tíos y siempre era el mismo comportamiento. Se me ponían los pelos de punta, y decía ‘cómo es posible que no tengamos la misma posibilidad de tener una educación universitaria y que nos metan a una casa para hacer el aseo’. Así que traté de plantear una importancia en este espacio.

Estudié tango muchísimos años y traigo la sensualidad corporal del baile. Uso la casa como una pareja psicológica, física y emocional. Las mujeres pasan tanto tiempo encerradas que los objetos se vuelven parte de una relación más íntima. Yo quería explorar ese espacio y que tuviera todas las energías que se tienen en un trabajo normal, donde tienes algo intelectual, físico y emocional.

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Fue hasta que llegaste a California que empezaste a dimensionar la separación, ¿qué significado tiene el muro para ti ahora?

Para mí el muro es como una cicatriz que nada más no se cierra, que está doliente. A mí lo que más me parte el alma, más allá del sacrificio humano que hacen hoy en día los miles de migrantes, es escuchar las historias de gente que ha sido deportada y que llevaba más de 20 años viviendo en Estados Unidos, que tenían hijos, que tenían toda una vida hecha y que los deportaron porque su coche no tenía una luz trasera.

Dices tú, ¡20 años!, toda una vida hecha y que te la arranquen y te separen. Eso es lo que me parte, la separación. La ruptura que causa este sistema donde no hay interés por saber lo individual y ver el daño psicológico que están causando a las familias. La ruptura emocional y física es lo más triste. Para mí esa es la cicatriz, la rajada en el cuerpo.

¿Tuviste algún tipo de permiso para pintar la reja fronteriza?

No puedes tener permisos, nadie te va a dar permiso. En Tijuana yo fui sola a hacerlo y de repente las autoridades llegaron con altavoces, sirenas y estuve debatiendo con ellos como por media hora para que no me arrestaran. Pacíficamente les dije ‘soy artista, este es mi concepto, no estoy queriendo vandalizar. Estoy queriendo borrar un pedazo de la frontera’.

En ese instante acababa de empezar y no había una prueba visual. Entonces yo creo que les interesó ver mi trabajo terminado, les gustó la idea y les pedí que me dejaran terminar. Creo que por el hecho de traer tacones y un vestido de cóctel les toqué su lado machista. Pienso hasta ahora que eso me salvó, el hecho de estar vestida de esa manera.

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¿Qué opiniones te han dado los estadounidenses de tu proyecto?

He recibido comentarios muy negativos. Si escucharas lo que me han dicho, me han insultado, me han dicho cosas como ‘vete a tu casa terrorista, regrésate, eres la Al-Qaeda mexicana; ponte en línea y espera tu turno para cruzar’, cientos y cientos de comentarios así. Digo, sólo usé pintura, no estoy sentada con una pistola esperando a que el migrante cruce. Me llama mucho la atención cómo la imaginación y la pintura llegan a provocar a la gente de esa forma.

Pero por otro lado he tenido también respuestas positivas con artistas y con gente que está dolida con la separación. Dicen ‘qué bonita imagen, qué ganas de poder coexistir de manera pacífica’. Yo creo que han habido ambas, pero de maneras muy extremistas.

Un claro contraste con la opinión que muchos tienen de los mexicanos…

Sí. Más que nada nos están queriendo categorizar de una manera extremista, que somos violadores, ladrones. Vaya manera de hacernos a un lado, de hacernos invisibles, de devaluar la existencia humana. Qué manera de no hacernos importantes, qué manera tan simple de querer ver las cosas, cuando la realidad es tan compleja. La posición política está tan entretejida y tan complicada que excluyen a la gente, porque ‘los de allá son violadores y nosotros los estadounidenses somos perfectos’. Pero perdón, ¿de dónde eres?

¿El «sueño americano» lo sigues viendo como la única oportunidad que tienen los latinos para alcanzar una vida plena?

Yo creo que es muy complicado. Nuestro país va de mal en peor. El querer crecer y tener una oportunidad es algo tan humano. Sobrevivir y tener más posibilidades es algo tan sencillo. Como lo que está pasando en Siria y otras partes. Queremos algo mejor para nuestros hijos, explorar otras oportunidades. Querer cruzar la frontera se ha convertido en algo muy peligroso.

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Como artista ¿cuál consideras que es tu principal miedo?

¿Mi mayor miedo?, ¡huy no!, yo creo que es al revés. Si no estoy trabajando con un cierto miedo, no estoy explorando con profundidad mi proyecto. Creo que eso es parte con lo que trabajo, es como un compás, un termómetro para mí.

Si algo me causa temor o incomodidad creo que tengo que hacer algo para empujar esas barreras, dentro y fuera de mí. Eso es algo que utilizo como termómetro. Si es algo que me incomoda creo que va a causar cierta tensión sacarlo al aire.

Es decir, eres una artista que crea a través del estómago.

Del vientre totalmente. Son esos momentos que te pegan y te sacan el aire. Me tardo en reaccionar, no es que sólo me pegue y lo vomite. Primero reflexiono, ¿por qué me causa tanta molestia? Después lo analizo emocionalmente y psicológicamente y trato de averiguar la razón. Finalmente investigo cómo procesarlo y cómo puedo transmitir esas emociones y crearlas visualmente.

Encuentro cierta inteligencia en tus pinturas y una conciencia social en Borrando la Frontera. Usas el arte como una herramienta de concientización.

Creo que esto te pone a ti en la zona de la audiencia, te pone en la posición de preguntarte qué está haciendo para mí o para ella. Es importante provocar una conciencia y provocar que la gente se dé cuenta de su perspectiva y se pregunte por qué está mal. Entonces, hacernos ver cómo pensamos y por qué lo hacemos de esa manera, puede cambiar o amplificar esa manera de pensar.

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