«La esperanza me aburre; acepto el caos y procuro nombrarlo»: Franco Félix

Por Miguel Ángel Morales

Fotografía: A. A. F.

En un escenario que recuerda a los paisajes dantescos de Ernesto Sábato o Samuel Beckett, Los gatos de Schrödinger (Tierra Adentro, 2015), la primera novela de Franco Félix, nos lleva a un plano absurdo en el que la nada se apropia del discurso, inmoviliza a sus protagonistas. Y sin embargo, el Doctor Existencialista y Rábano se arrastran y desean escapar: «Ninguno de los dos podía descifrar la fuente omnipotente que los había colocado en ese punto de la Tierra. Habían intentado salir antes como el primer pez del agua, acomodando la planta de sus pies sobre el suelo, pero un profundo terror se apoderó de ellos. Una fuerza intrínseca, arrojada desde sus vientres, los cimbró y regresaron al volumen vacío de sus cajas. El vértigo los hizo vomitar. Pero debían abandonar el misterio, cruzar el horror y explorar.»

Digna heredera de la escuela europea de pesimistas (Nietzsche, Beckett, Camus), Los gatos de Schrödinger parece no tener mucha fe en el humanismo, el mismo que se ha encargado de salvar ballenas en peligro de extinción pero también de aniquilar objetivos que están en contra de su proyecto de vida. El mundo es una gran catástrofe, nos dice el narrador. Las guerras simuladas, los atentados terroristas, los miles de cuerpos botados al aire libre en el sur de México y el éxito de Miley Cyrus dan cuenta de ello. Pero aún queda algo por hacer, se infiere. En ese sentido, el de la reflexión, podremos seguir caminando al tiempo que señalamos el horror. Esto no basta para que desaparezca la esterilidad del desierto, pero nos ayuda a asimilar el trauma. Doc y Rábano son conscientes del mundo de despojos en el que viven, un escenario de simulacros y vidas falsas en el que niños ingenuos juegan a ser pequeños empresarios con piezas rudimentarias. Compran y venden. Reproducen el mismo sistema de pobreza de sus padres. ¿Qué se puede hacer en medio de esta ruina? Empezar de cero.

En «Experiencia y pobreza», Walter Benjamin considera que ante la imposibilidad propia de la modernidad de traducir la experiencia en imágenes, es necesario actuar como un bárbaro: arrasar con todo y narrar de nuevo con lo poco que se tiene. Apelar a una poética de la pobreza. En el México devastado, escribir un fin de todas las cosas representa una acción vital. Caminar. Detenerse. Seguir caminando. Los gatos de Schrödinger afirma eso en un pasaje desolador: «Cuando la gente se dio cuenta no había nada qué hacer. Sólo resignarse y sobrevivir. Tal y como lo hacemos ahora.»

Lo obvio: Franco Félix (Hermosillo, 1981) es uno de los narradores mexicanos más interesantes que han logrado publicar en este año. Su prosa, cuidadosamente reflexiva y con una cantidad ingente de caminos narrativos, nos hace pensar en las posibilidades de nuestra lengua: en su obra vemos mezcolanzas alocadas de psicoanálisis, teatro del absurdo, fantasías de las que Kurt Vonegut estaría orgulloso, e investigaciones periodísticas desopilantes. En 2015, también publicó el libro de crónicas Kafka en traje de baño (Nitro Pres, 2015) y es ganador del Premio Binacional de Novela Joven 2015 Frontera de Palabras. Presenta Los gatos de Schrödinger en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara el 3 de diciembre a las 13:00 horas.

A propósito de su publicación, tuvimos una charla muy fructífera con el autor, que reproducimos aquí.

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Franco, a partir de este reconocimiento tendrás más reflectores. Promoción, proyección. Dinero. Sobre eso dijo Bernhard: «Aceptar un premio no quiere decir otra cosa que dejarse defecar en la cabeza, porque le pagan a uno por ello». Pero uno tiene deudas, hijos, vicios que pagar. ¿Qué pasa por tu mente tras ser el ganador de un premio de talla nacional como el Frontera de Palabras?

No mucho, Miguel. Lo he dicho siempre. Ganar un premio no es sino un golpe de suerte. La adhesión de dos factores: un libro y un jurado. La decisión que toma el dictaminador es relativa, no encumbra tu obra sobre las demás, estoy seguro que había buenas novelas en el Border of Words. Por eso me parece que el azar tiene que ver. Si mi novela hubiera sido revisada por un jurado compuesto por autores de narco novela, habría estado frito. Bernhard siempre tiene razón. El excremento que ha caído sobre mí es de 70 mil pesos y pienso comprar un par de libros de Thomas, quien, por otra parte también dijo: «Hay que llegar a todo por sí mismo. Uno no tiene ninguna tarea ni nada parecido. Tareas tienen los colegiales y los que obedecen a sus maestros». Así que no haré caso de su frase despiadada sobre mi aceptación del premio. Algo sí creo, sobre esto de ganar concurso: las editoriales toman mucho en cuenta la trayectoria. Éste sólo es un pequeño paso, una plataforma para poder colocar una novela en la que he trabajado por ocho años, ya conoces el proyecto, Maten a Darwin. Necesito deshacerme de ese libro, a como dé lugar. Ya veremos qué sucede.

¿De qué trata Los gatos de Schrödinger y qué temas buscaste imprimir en la novela?

Es sobre un par de personajes que deambulan por el desierto, Rábano y Doctor Existencialista. Hay otros, claro, pero éstos son los principales. Viajan sobre la arena en sus vehículos: dos cajas de cartón. Están buscando entender el caos que reina en el mundo. Uno es mayor que el otro y hay un pequeño esbozo sociológico sobre la construcción de una Historia del Mundo, construida en base a mitos. ¿Alguna coincidencia? Sólo hay un espacio de acción, condicionado por estos dos tipos. Los demás se aparecen y desaparecen. Ellos permanecen ahí, tratando de comprender, de llegar a destino. Eso, en palabras muy generales. No quiero spoilear la novela. Ni que se den cuenta de lo mala que puede ser.

Como narrador, ¿a qué premisas y conclusiones te ha llevado el camino de la escritura?

Bueno, no creo en el destino. No me imagino el futuro de ninguna manera. Ni puedo acceder a la imaginación en primera persona. Debe ser un problema cercano a la sociopatía, pues me rijo por un comportamiento muy sencillo: ser impulsivo, irresponsable y un paranoico de mierda. Suelo evitar el sentimentalismo y jamás reconozco mis errores. No me agrada en absoluto la premisa del destino por la autoridad categórica que contiene. Sólo espero con el tiempo escribir algo más o menos bien, decente, diáfano y elegante. Un buen libro, digamos. Sólo eso. Alcanzar ese punto que no tiene nada que ver con la predeterminación, sino con el abuso del ejercicio de escritura. En ese sentido, las conclusiones no son conclusiones sino progresos, o pequeñas etapas de experimentación.

La escritura para mí ha resultado un laboratorio, puedo echar un vistazo a los textos que he ido escribiendo en los últimos años y, desgraciadamente, veo el desastre que he hecho.

Es una verdadera pena. Y es que ahora he adoptado una fascinación por el lenguaje, lo estudio, lo quiero comprender y me he vuelto un poco obsesivo con eso. Así, me parece que el viejo interés psicoanalista puede hacer un eco acá: El inconsciente está estructurado como lenguaje. La escritura entonces, me sirve para echar un vistazo a la depravación y el caos mental que me gobierna secretamente. Por eso doto a los personajes con muchas pulsiones, es como una casa de espejos, en la que el lector tendrá que adivinar cuál es el trastorno que me representa.

Hace poco Luis Panini dijo en entrevista que su más reciente novela, El uranista, lo conectó con la idea de que construimos e inventamos nuestra realidad a partir de fantasías, reglas, hábitos. La vida, baudrillardianamente, está hecha de simulacros. Tus textos justamente se caracterizan por tener escenas fantásticas mezcladas con la más absurda cotidianidad.

Soy del tipo de persona aburrida. No suelo ser un gran conversador. Suelo recluirme en una fantasía que, por otro lado, ha sido gradual. Primero imaginaba grandes secuencias de acción en las que esquivaba automóviles, hasta que me arrollaron en la vida real y el sueño acabó ahí. O más bien, emigró. Después, las cosas fueron un poco más interesantes. Tenía sueños húmedos con mi vecina, una señora mucho mayor que yo a la que robaba sus pantaletas. Era algo así como un decrépito y asqueroso personaje del ánime japonés. A veces mi nariz también sangraba. Luego me aburrí. Claro, cuando experimenté el sexo. Su desagradable intercambio de líquidos y carne. Cabe aclarar que no tuve relaciones con la señora, sino con otras mujeres. Clausuré, de esta manera, fornicando, la fantasía del sexo. De nuevo, el deseo sucumbió y se mudó el aparato fantasmático. Tuve, luego de darme cuenta de mi daltonismo, una fuerte pulsión por el signo, por la escritura. ¿Cuál fue la pregunta? No sé qué mierdas estoy diciendo. Bueno, ahora fantaseo todo el tiempo con una voz narrativa. Siempre estoy, como autista, en las fiestas o en cualquier lugar, espiando a la gente, imaginando diálogos entre ellos y desarrollando pequeñas historias que no escribo, pero que imagino que escribo. Suelo estar callado, mientras es otro el que eleva la voz y cuenta los mejores chistes. Yo estoy perdido en esa naturaleza psicótica, ejercitando la escritura invisible. Fantaseo con escribir un texto redondo, bien hecho. Lo que resulta imposible de lograr. Por eso sigo obsesionado. Porque aún me acosa esa idea. Me imagino que un día podré hacerlo. Y cuando produzca una novela de verdad o un cuento de verdad, abandono el barco. Me buscaré otra fantasía sólo para mí. Y bueno, el hecho de permanecer sometido a mis propias fantasías en un escenario cotidiano origina esta hibridación de la que hablas. Si quieres, puedes editar todo lo que dije anteriormente a la última frase. Ese tipo de rodeos me exasperan. Y bueno, Luis Panini, hermano. Ese tipo es un genio escribiendo. Tiene una precisión arquitectónica en su escritura. Esperemos que él no deje de hacerlo nunca.

¿De qué modo concibes la relación de tu narrativa con los lectores?

No creo en los lectores. Es decir, no escribo para ellos. Escribo, es cierto, pensando en que alguien leerá el texto, pero yo no produzco en función de un grupo mayor de testigos reales del relato. Ellos, los famosos lectores, tendrían que encontrar interesante o no, lo que yo hago. Mi amigo Luis Panini me dijo «El tiempo se encargará de que tu escritura encuentre a los lectores ideales. Con eso bastará, sean pocos o muchos». Esto me estimula. Hay, es verdad, un disparo de vanidad, pero no podemos aspirar a tener demasiados lectores. Primero porque lo que debes hacer es escribir y no pavonearte como suelen hacer muchos acá. Y segundo, porque sería horrible tenerlos. Siempre he pensado que tener demasiados lectores resulta sintomático. Hay que ser sinceros: la gente contemporánea es idiota. Si le gustas a las masas, algo estás haciendo mal. Y cuando digo masas me refiero a una cantidad exacerbada de lectores, millones de ellos. En México, por supuesto, esto es imposible por los índices de lectura, así que nos salvamos automáticamente. David Miklos también lo ha dicho, lo leí hace unos días por ahí en una entrevista. A él no le interesa acumular lectores, sino ser fiel a ellos mediante su escritura. De algunos se ha hecho, incluso, amigo. Tal es mi caso. Yo empecé leyendo sus libros, entrevistándolo y ahora es un gran camarada. Además de un gran maestro. En otras palabras, no tengo ninguna relación con los lectores. Aprendo la lección de Panini y los espero. No importa si es uno o dos.

Sobre nuestro mundo podrido Kafka refirió que «había mucha esperanza, pero no para nosotros», pero también percibió una salida metafórica: mutar en otra cosa, animales (ratones, perros, simios, pulgas) y cosas (el Odradek), aquello que escapa a la forma humana. ¿Tiene Mr. Efe, como buen kafkiano, una salida en sus ficciones?

La esperanza me aburre; acepto el caos y procuro nombrarlo. Siempre lo digo. Por favor, San Kafka, deja que venga la furia del fin del mundo de una vez por todas. Llévate a estos políticos de mierda, a estos empresarios, a estos magnates pero ya, no importa que nos lleves de corbata. A propósito de esto, Bernhard tiene otra frase, por eso estoy confiado en el terrible y negro futuro de la Tierra: «En realidad, por las catástrofes no hay que preocuparse, porque ya vendrán». El otro día, mientras compraba una botella con agua, una amiga me dice: «Hey, chico, eso no ayuda al planeta». Le respondí: «Bueno, creo que te confundes. El plástico sólo acelera su destrucción. Debemos ser compasivos y ofrecer la eutanasia». Y bueno, de alguna manera he construido este personaje que odia el medio ambiente y a la naturaleza, un poco a lo Lars von Trier que dice que la Naturaleza es la Iglesia de Satanás.

En realidad no quiero que las personas sufran, que ardan en las llamas del Apocalipsis. Bueno, sí, un poco. Pero no sucederá pronto, sé que el fin del mundo es un proceso ralentizado y menos pirotécnico.

Ahí está la agonía, en tener que soportar esta famosa vida, injusta, cruel, oscura. Y ahí también está la gran aporía beckettiana de El innombrable, en la resistencia, en la inercia: No puedo seguir, seguiré.

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