«Tengo la certeza de que se enseña a escribir»: Javier Sagarna

Por Luis Alberto Rivera

Javier Sagarna (Madrid, 1964) tiene una formación como farmacéutico pero al poco tiempo se dio cuenta que no era lo suyo. «Cuando yo empecé a trabajar después de acabar la carrera, me encontré con que eso no podía ser mi vida (dirigir un departamento de microbiología), que lo hago bien pero que no me interesa nada». Lo que hacía 14 años atrás es muy distinto de lo que hace ahora. Actualmente dirige y da clases en la Escuela de Escritores, la más importante de habla hispana. Es autor de la novela Mudanzas (Gens, 2006), del relato infantil Rafa y la jirafa (Dylar, 2013) y de los libros de relatos Ahora tan lejos (2012) y Nuevas aventuras de Olsson y Laplace (2015), ambos publicados por la Editorial Menoscuarto. A propósito de su visita a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, platicamos con él.

Cuéntame un poco cómo se gestó la Escuela de Escritores y el proceso para que te convirtieras en director.

Enrique Páez imparte clases de escritura creativa desde 1994, en el año 2000 comenzaron con cursos por Internet y en 2003 se constituyó en forma la Escuela de Escritores. Yo entré como alumno al taller de Enrique porque tenía las tardes libres. A los 27 años, que fue cuando empecé a escribir. Y once años y medio después la vida se dio una vuelta del todo y pude dejar la industria farmacéutica.

Recuerdo cuando entré al taller de Enrique, nos sentamos alrededor de aquella mesa ovalada que tenía él, comenzó la gente a leer textos, a comentarlos. Fue una sensación de haber llegado a casa. Decir: ¡esto era! Estuve unos años de alumno. A Enrique le gustaba cómo yo veía y leía los textos de los demás, entonces comencé a dar clases. Por las mañanas trabajaba en la industria y por las tardes hacía eso. Y poco a poco se fueron dando las cosas para que yo pudiera dejar mi trabajo y dedicarme por completo a esto. Eso fue por el año 2002 y empecé a dirigir la escuela hasta 2006.

Si algo soy es un profesor que escribe, es lo que más me gusta en este mundo. Lo que ya no soy más es farmacéutico.

¿Ves determinante la formación que recibiste en la forma de estructurar tu escritura?

La habilidad que nos construyen a las personas que estudiamos ciencias es distinta. La manera aprender, de integrar las ideas. De alguna manera nos construye una carrera que es como un mueble con cajones, que uno abre, cierra y mete cosas. Somos muy ordenados, muy organizados. Y eso a la hora de ponerte a escribir por supuesto que se nota. Yo tengo un libro en el que fui haciendo cuentos separados con la certeza de que eso acabaría siendo un todo. Y esa mentalidad la obtuve por estudiar ciencias. Bastante científica. Yo mismo la noto mucho a la hora de corregir textos de los alumnos. Es muy distinta la forma a la de mis colegas que vienen del mundo de las letras.

¿Se enseña a escribir o es más bien un talento nato?

Tengo la certeza de que se enseña a escribir, si no no tendría una escuela y sería una estafador.

Un artista tiene fundamentalmente dos partes: oficio y talento. El oficio es algo que se tiene que aprender. ¿Lo puede hacer leyendo? Yo creo que sí a base de ensayo y error. Uno puede leer mucho, imitar a los maestros, equivocarse. Y así se han construido muchos escritores a lo largo de la historia. Pero las escuelas tenemos estudiado el procedimiento del oficio. Y claro, no entendemos la enseñanza de la escritura sin la lectura funcionando en paralelo. Creamos escritores que leen y lectores que escriben. El oficio se aprende leyendo pero se aprende leyendo bien.

Luego hay otra cosa que es ese talento que cada uno tiene o no tiene. Puede que sea verdad, lo digo en condicional, que no se crea. Pero desde luego que se potencia, se nutre, se guía, se desarrolla. Hay gente con mucho talento que es muy divertida en la barra de un bar, contando historias y diciendo cosas, pero luego no escribe, luego no las lleva a otro lado y ese talento se pierde. El talento guiado y bien aprovechado es el talento que hace escritores. No se trata de decirte qué tienes que escribir.

¿Y cómo guiar ese talento sin influir en el alumno?

Siendo un buen profesor. Porque un mal profesor es el que acaba consiguiendo que los alumnos escriban como a él le gusta. Imponiendo su mirada sobre los alumnos. De lo que se trata es de ver cuál es el deseo del alumno, qué es lo que el alumno quiere construir, irte dando cuenta de cuál es su mirada y capacidades.

¿Es el relato breve lo que mejor enseña la Escuela de Escritores?

El relato breve como herramienta de enseñanza es muy útil. Porque aprender en una novela es muy difícil, muy duro, un error te puede costar 100 páginas. Y el resultado es que en la escuela el relato breve ha comenzado a interesar en los alumnos ya no como herramienta solamente, sino como género. En Madrid está pasando algo muy importante en torno al cuento y es verdad que la escuela está formando una generación de muy buenos cuentistas. Eso no quiere decir que no nos interese la novela, pero el relato breve tiene mucho que decirnos en el mundo que vivimos, porque el mismo está hecho a trozos, y se cuenta mejor así que una gran novela de mil páginas. Lo vemos como algo muy potente en el mundo de hoy.

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El más reciente premio Nobel de Literatura se le ha dado a una periodista. ¿Qué tan cercano está hoy en día lo literario de lo periodístico? ¿Son cada vez menos distinguibles uno de otro?

Evidentemente tienen mucho que ver porque cada vez más se empiezan a confundir. Cada vez nos damos más cuenta que la realidad no existe, que es una percepción. En el siglo XIX el escritor estaba convencido de que la realidad existía y que la podía retratar. Eso hace mucho tiempo que no es verdad.

Entonces, al no existir la realidad, ¿qué sentido tiene la ficción y la no ficción?

Muchas veces son etiquetas comerciales y tiene más que ver con eso. Lo que sí es que hay una cuestión muy clara, en ambos casos cuando alguien se pone a crear un mundo, no es este mundo, es un mundo que está en el papel.

La ficción es ficción y la no ficción también es ficción. Cuando yo me pongo a escribir una novela, ¿de verdad me estoy inventando al jefe de los marcianos o es mi profesora de matemáticas transformada? Es un diálogo permanente y es la gran aventura de la vida, tratar de saber cual es nuestra realidad, nuestra mirada.

La literatura no es algo que sostenga económicamente al mundo. ¿Han tenido la intención de recurrir a recursos públicos para mantener viva la escuela?

Ni hay forma ni nos interesan demasiado. En efecto, el mundo no vive de literatura y lo primero que uno hace cuando se dedica a ella es olvidarse de ser rico. Con ir comiendo todos los días y tener para una vida razonable es suficiente. Uno se tiene que olvidar de cualquier fantasía y yo lo hago con mucho gusto.

La literatura tiene mucho de acto revolucionario de alguna manera. Tener una escuela de escritores aunque de alguna manera te pone al frente de una empresa que se mueve sobre parámetros capitalistas, tiene bastante en sí mismo de acto revolucionario. Porque lo que hacemos en la escuela va totalmente contracorriente. Formamos gente que piensa, gente que se individualiza, gente que adquiere conocimientos para luego tener su propia opinión sobre el mundo y no ese pensamiento único que nos quieren imbuir. Gente que se sale de su lugar en la estantería y busca otro. Farmacéuticos que nos convertimos en escritores, ¿qué es eso? Es salirse de ese sistema educativo que intenta formar piezas que encajan en el engranaje de los procesos productivos. La escuela tiene una cierta forma de ser que nos aparta de eso, y lo hace desde su funcionamiento interno. Estamos muy fuera de ese sistema, porque aunque trabajamos en él, tiene muy poco que ver con lo que propone nuestro sistema occidental. Entonces ¿cómo vamos a pedirles fondos públicos a gente que de alguna manera quisiera domesticarnos? Nosotros no vamos a dejarnos domesticar y entonces no vamos a pedir prácticamente nunca fondos públicos. Sí trabajamos de vez en cuando con algún fondo de la Unión Europea. Hay intercambios con escuelas europeas para los que sí recibimos pequeñas subvenciones. Eso nos es muy útil y no tiene que ver con el corazón del proyecto, el cual funciona orgullosamente de forma privada, a partir de la confianza de nuestros alumnos.

¿La crisis en España ha afectado el funcionamiento de la escuela?

Nuestro negocio es suficientemente raro para haber circulado en los márgenes de la crisis. Aún así hubo muy año muy difícil que fue 2012, el más duro. En ese entonces llegamos a perder un 25% de alumnos en Madrid y nos salvó México: por cada alumno español que perdíamos entraba uno mexicano en los cursos por Internet.

¿Le interesa a la escuela autoeditar a sus alumnos más sobresalientes?

No nos interesa. Sacamos un libro al año que se vende entre nuestros alumnos para cubrir costes pero nada más. Nosotros no creemos en el mundo de la autoedición, creemos que la validación que da una editorial es importante. Para el escritor que pretende ser profesional nos parece que es un tremendo error la autopublicación. Hay que abrir mundo editorial, aguantando negativas muchas veces. Nuestra labor en ese sentido es estar cerca de las editoriales.

¿Es el columnismo una salida para el éxito de un escritor?

Es una de las salidas. Ser crítico en los periódicos, comentar, convertirte en una persona interesante. De esa forma puede que interesen tus libros. Pero el hecho de hacerlo en sí tiene un gran valor. Convertirse en una personas con opinió, en alguien que influya en los demás, que diga lo que piensa. Todo eso es parte del trabajo de un escritor. Meterse en el día a día de escribir una columna es una forma de mantenerse escribiendo, pensando, haciendo una serie de cosas que no te van a perjudicar de ninguna manera. El tiempo que te quite te lo va a devolver de alguna otra forma.

¿Y los premios?

Los premios sirven para ganar premios. Yo conozco amigos que han ganado bastante dinero con premios y luego han tenido bastantes problemas para publicar esos libros que además algunos de ellos son muy buenos. Son registros distintos. Hay que intentar en los premios, hacer columnas, conocer gente, hay que detenerse a escuchar. Mucho va de relaciones públicas, que no tiene que ver con el oficio de escritor, pero que son muy necesarias.