«Las rejas del apando son las rejas del mundo». José Revueltas, 101 años

Por Miguel Ángel Morales

Fotografía inferior: Manuel Fuentes

Traer a la memoria a José Revueltas (1914-1976) es hablar de uno de los autores mexicanos más comprometidos con la literatura, la filosofía y la política. A 101 años de su nacimiento, ¿qué actualidad nos ofrece su discurso respecto a la reclusión y al encierro? En la narrativa, del duranguense observamos una constante preocupación por aquellos sectores jodidos: los pobres, los deformes, los despojados, las putas, los viejos, los ignorantes. ¿Qué mejor lugar que una prisión para reunir a todos esos marginados? La cárcel metafórica, la trampa en la que se volvió el mundo de la que también nos hablan Musil, Dostoievski y Kundera, en Revueltas se torna salvaje y se impregna de tonos realistas. Implica lidiar con la corrupción y vicios de un sistema de gobierno y modelo económico (el capitalismo).

En Revueltas, la reclusión es una invitación a repensar las ataduras. Podemos rastrear esa constante en Los muros de agua (1941), Los errores (1964) y El apando (1969), obras en las que la falta de libertad y la reclusión del cuerpo nos recuerdan a las sociedades panópticas advertidas mucho después por Michel Foucault. La cárcel recluye a Revueltas y a su vez él lo hace con sus personajes: el Carajo y su vida repulsiva, o Elena, que se autoniega debido a su deformidad. El apando-encierro-cárcel es un deseo por denunciar la barrera entre la libertad y la realidad de las penitenciarías. Así lo enfatiza Revueltas:

Escojo la cárcel como ambiente; es decir, ambiente simbólico. Porque la cárcel no es sino un compendio, una condensación de las sociedades. Tiene sus clases sociales, sus tiranos, sus opresores y constituye entonces una revisión de la sociedad externa a los límites de una geometría enajenada, como le llamo en El apando. Las rejas, para mí, las rejas del apando, son las rejas de la ciudad y las rejas del país y las rejas del mundo.»

En El apando o Los muros de agua, el espacio se muestra impenetrable, angustiante: «inducir en el detenido un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder. Hacer que la vigilancia sea permanente en sus efectos, incluso si es discontinua en su acción». El espacio amurallado, el apando, los muros de agua, representa el lado siniestro de una sociedad en decadencia (la contemporánea), encerrada en sus propios vicios y cuyos habitantes repiten una y otra vez su devastadora realidad, recreada en una realidad tematizada. Es un llamamiento a la multitud para construir un cuerpo colectivo que apele a nuevas formas de creación. Como lo ha hecho ver Kafka, la ficción parece ser una herramienta poderosa para salir de esa trampa en la que no hemos podido escapar.

Un perro solitario

El día que murió (14 de abril) lo llevaron al Auditorio Che Guevara. Luego a una funeraria Gayosso. Ahí estaba presente su mejor amigo, el cineasta Julio Pliego. Eso lo recuerda bien su hijo, Mateo. «Cuando se acabó el numerito (del funeral), mi papá lo acompañó toda la noche. Solo con él. Le tomó unas fotos hermosas, las únicas que hay del cuerpo.»

El retrato postmórtem capta la característica barbita tupida de Pepe, que parecía un pincel de pelo de camello. Los lunares, carnosos y cercanos uno del otro, le dan una simetría especial a su mejilla. El cuerpo es cubierto por una sábana blanca. Las gafas de pasta no se extrañan: su falta permite admirar el rostro tierno de manera completa. Los ojos cerrados rodeados de cuarteaduras. Las ojeras, profundas, invitan a dormir ese sueño eterno. La cara denota placidez. Tiene dibujada una muy leve sonrisa, el mismo gesto misterioso que el de Gioia. Es la cara de un hombre libre.

Julio le heredó a su hijo el mayor acervo fotográfico y cinematográfico que hay sobre Pepe. Mucho de este archivo, aún sin desenlatar, es rico en escenas cotidianas del escritor: sentado frente a su vieja máquina de escribir, tomando unos traguitos en una cantina, charlando apasionadamente sobre el futuro del marxismo frente a sus camaradas, o simplemente fumando. Más allá del ideólogo y emblema de una generación estaba el hombre sencillo.

Pepe era un ser auténtico, como pocos autores, lo cual lo llevó probablemente a tener muchos problemas. «Mientras Octavio Paz y Carlos Fuentes estaban jaloneándose los premios y los reconocimientos, pinche Pepe estaba viviendo en la miseria y en la cárcel. Como un perro. Esa era la onda de los Revueltas: Fermín chupó faros a los 33. Silvestre a los 39. Se los llevó el pinche alcohol. Pepe sobrevivió. Alcanzó a vivir bastante más. Pero es como una maldición la que tiene esa familia. A todos les fue mal, no los reconocían. El luto humano fue un predecesor de Pedro Páramo, pero nadie dice nada de eso. Pero así pasa siempre con los escritores difíciles. Si Juan Rulfo es un hueso duro de roer, Revueltas no se queda atrás», dice Mateo, quien recuerda la sólida conexión que había entre ambos. «Mi papá era el único amigo de Pepe. Fue todos los domingos a Lecumberri». Una de las fascinaciones de Julio Pliego por Revueltas era que el escritor sí se manchaba las manos y acababa donde tenía que acabar. Se emborrachaba, se perdía en lo que hacía. «Yo creo que era el alter ego de mi papá.»

Ese día triste en Gayosso no fue muy distinto de sus días en la crujía 16. La mañana en la que Revueltas salió de Lecumberri nadie fue por él. Ni sus camaradas marxistas, ni estudiantes, ni escritores.  El gurú del 68 cargó su bulto de ropa, sin dinero ni donde vivir, sin trabajo. Su mujer lo había dejado años atrás tras saber que no era la única que iba a la visita conyugal. Y es que Pepe era un cabrón.

Pero ahí estaba Julio, esperándolo.

Expediente 8434/68

A los 14 años fue su primera vez. La sentencia: un año y un día. Tras seis meses, salió bajo fianza. Cuatro años más tarde, en 1932, organizó una huelga de trabajadores contra la fábrica de cigarros El Buen Tono. Derivado de ello, conoció a fondo las Islas Marías, donde pasó cinco meses. En 1934, su experiencia con los muros de agua se repitió. Terco, como la misma historia, Revueltas insistía en chocar contra el sistema. ¿Hay alguien en la actualidad que posea esa feroz voluntad como la del autor de El luto humano?

Estos son algunos ejemplos más o menos conocidos sobre “Pepe” Revueltas. Pero de vez en vez surgen hallazgos históricos, prodigiosos miligramos periodísticos y literarios que nos hacen meternos en la piel del autor. Como este legajo inédito. El documento amarillento de 23 hojas al que accedí se mantuvo en calidad de desclasificado por más de cuatro décadas. Perteneció al entonces Departamento del Distrito Federal. El número de expediente es el 8434/68 de la Cárcel Preventiva.

Debajo de la inscripción sobre el año de internamiento, 1968, se menciona el nombre del preso: Revueltas Sánchez José. Causas de su reclusión: Invitación a la rebelión y otros. Ese «otros», en términos de la jerga judicial, quiere decir «Asociación delictuosa, sedición, daño en propiedad ajena, ataques a las vías generales de comunicación, robo, despojo, acopio de armas, homicidio y lesiones». Se trata del expediente de Revueltas durante su reclusión en el Palacio de Lecumberri, del 18 de noviembre de 1968 al 13 de mayo de 1971.

La fecha del auto de formal prisión, 21 de noviembre de 1968, se da 50 días después de la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco. En el texto, escueto pero que deja ver una que otra intención, se nota el espíritu revolucionario de Revueltas. El legajo, firmado por el Juzgado Primero de Distrito Juan Gutiérrez Barrios, muestra el miedo que tenía la autoridad de ese entonces a una revuelta socialista. Las declaraciones de Revueltas, que sugieren una reforma electoral radical, parecen hacer eco en nuestros tiempos de crisis política y social.

Sus palabras resuenan actualmente en el discurso de las autodefensas, de los normalistas y de todos aquellos inconformes con esa forma de vida que es el priismo: «Y que si a pesar de esta fuerza, el gobierno recurriera a en esa ocasión al fraude electoral, entonces seguirían el mismo camino que siguió Madero, o sea derrocar al Gobierno mediante la lucha armada».

El horror que anticipó Revueltas es el mismo que vivimos ahora, una suerte de eterno retorno. Aprendiendo de su tosudez, firmeza ética e imaginación tal vez las multitudes superen su síndrome del apandado.

Joserevueltas