La mirada hostil: masoquismo y represión sexual en Michael Haneke

Por Adrián Ávila

En su ensayo «De lo sublime a lo ridículo: El acto sexual en el cine”, el filósofo esloveno Slavoj Žižek nos predica que el humor es “una de las formas de defensa contra la dimensión de lo Real traumático que forma parte del acto sexual». Y no es difícil encontrar esta clase de tendencia en filmes comerciales. Porky’s (1982), Animal house (1978), Despedida de soltero (1984). En la mayoría de la filmografía de Adam Sandler y Rob Schneider se nos presentan mundos de ficción donde la adicción sexual, los deseos y el masoquismo son tomados como algo humorístico.

A partir de la década pasada, el enfoque hacia este tipo de comportamientos se ha hecho más visible, sin velos de humor, sino directamente hacia la tragedia y realidad de los mismos. Y aunque estos temas ya habían sido tratados con ese enfoque, fue el director austriaco Michael Haneke con La pianista (2001) quien pudo retratarlos de la manera más objetiva. El filme nos relata la historia de Erika Kohut (Isabelle Huppert), una profesora de piano de mediana edad que vive una constante represión emocional por parte de una madre represora. El mundo de la protagonista, frío y lleno de seriedad, se altera tras la presencia de un joven atractivo, Walter Klemmer (Benoît Magimel), quien se interesa por ella generando una serie de emociones que derivan en masoquismo y el rompimiento idealizado del amor.

la-pianista-di-michael-haneke

En Masoquismo. Una interpretación de frialdad y crueldad (1971), el filósofo Gilles Deleuze nos explica que «el masoquismo no es simplemente para resolver problemas de ansiedad y culpa, sino para distorsionarlos y parodiarlos». No se trata de una represión del cuerpo sino una alteración de emociones. La verdadera represión del cuerpo está en el suicidio mismo. Si recordamos la segunda parte de Naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick, una vez que Alex ha dejado el centro de rehabilitación y trata de integrarse al mundo que había dañado en un principio, le es imposible llevar a cabo actos como quejarse, decir groserías, defenderse ante una pelea o escuchar su pieza musical favorita. Ya no tiene una manera de guiar sus emociones, simplemente le queda morir saltando por una ventana.

Por ello, Erika no reprime su cuerpo, sólo cambia el rumbo de sus emociones. El trauma de su madre que la hace sentir como una mujer sucia, no le reprime el acto sexual, le indica que, al llevarlo a cabo debe sufrir una consecuencia. El goce no debe ir solamente acompañado por el dolor, sino ser superado.

Mientras ella se comporta fría y hostil, Walter le ofrece su amor todo el tiempo. Pero cuando ella le indica sus deseos masoquistas, Walter se decepciona y los roles cambian, ella le pide perdón y se muestra más afectiva, desea hacer todo lo que él desee. La relación es obvia, Erika es una pianista, es decir, debe darlo todo para poder perfeccionar su arte para el goce de los demás. Es el piano donde muestra cierta sensibilidad contrario a su comportamiento habitual.

Una de las escenas más fuertes es cuando Erika se mutila la vagina en su tina de baño. No es necesario un primer plano del hecho: observamos a la mujer a la distancia, de cuerpo completo, sentada en una orilla de su tina con un espejo en una mano para observarse y otra con la navaja. Haneke nos muestra un extremo del masoquismo. La represión de las emociones afectando al cuerpo, pues Erika realiza esto tras saber que Walter fue aceptado en el conservatorio pese a estar en contra de ello. El muchacho que desea afecta su mundo y su reacción es la mutilación de su cuerpo. Es tal el hermetismo de Erika que ese acto se convierte en una respuesta, no para el público, sino para ella misma, como un castigo.

A lo largo del filme encontramos este hermetismo. Los colores de las locaciones son sobrios y fríos, la cámara siempre está alejada de los personajes, los primeros planos casi no aparecen, sino que el espectador se encuentra observando todo desde un exterior. Por ejemplo, la escena de la primera conversación entre Erika y Walter es panorámica al grado de poder observar a su madre al otro lado de la sala, como si su presencia no desapareciera.

«Las puertas son símbolos de acceso» como lo dice Jon Davies en su artículo Masochism in Michael Haneke’s La pianiste & Catherine Breillat’s Romance. La fantasía que Erika le describe a Walter exige que su madre esté encerrada en otro cuarto mientras ellos tienen relaciones, cada encuentro de ellos, y casi cada escena, se desarrolla en un lugar cerrado. El primer encuentro entre los protagonistas se da cuando Erika cierra la puerta del elevador quedando con su madre dentro mientras Walter sube las escaleras rodeando ese lugar cual si acosara el hermetismo de Erika.

Toda esta represión deriva en su incapacidad para volver al mundo afectivo del cual había sido alejada por su madre. Incluso, en la escena final, tras observar a Walter tan indiferente a ella, se aleja de su propio mundo, del conservatorio, y se aleja caminando con la herida en el pecho que ella misma se había provocado con una navaja.

Así como el Quijote fue considerado con humor en un tiempo y revalorado como tragedia por los romanticistas, Haneke nos demostró que los problemas sexuales tienen otra perspectiva más allá del humor. Y películas como Shame: deseos culpables (2011), de Steve McQueen, o la reciente Nymphomaniac (2013), de Lars von Trier, siguen esta tendencia. Los problemas de represión sexual dejan de ser una burla cuando se viven desde una primera perspectiva.

amour9