La tribu en la nube

Por Leo Lozano

El insomnio ahora ya no es alimentado por la programación nocturna de la televisión. Lo que nos mantiene despiertos, a conciencia o involuntariamente, es el aviso de notificaciones de redes sociales que aparece en la pantalla de nuestro teléfono celular. Nuestras formas de entretenimiento (o distracción) están a disposición de lo que cualquier dispositivo móvil pueda ofrecernos; la profecía de George Orwell y el diagnóstico de Giovanni Sartori, se funden para crear la síntesis de gran parte de los hábitos de la sociedad posmoderna.

Hacer revolución política en 140 caracteres, exhibir hasta el hartazgo el quehacer de la vida cotidiana, jugar al fotógrafo y decirle al otro, lo “cool” que es la vida particular de cada cual, son el pan de cada día en las redes sociales. Y admitámoslo; todos jugamos ese juego. Porque resulta difícil no dejarse llevar por esa corriente, el rechazarla implica no estar en el gueto, y ese en particular, es uno de los que da cohesión social hoy día.

Evidentemente, la explosión de las redes sociales, de los dispositivos móviles y de todos los gadgets relacionados, han generado toda una serie de beneficios y taras sociales; en el ir y venir de la historia del hombre, ambos efectos siempre van de la mano. No obstante, nunca deja de ser macabra la forma en que la sociedad asimila los cambios y transformaciones. Como masa, como ente sectario, social, el ser humano siempre ha buscado ese nicho en donde sentirse cómodo; aceptado. La tecnología de hoy con sus múltiples caretas, tiene entre sus características la de conducirnos a la tan anhelada aceptación del otro.

Ignoro si partir desde el origen soluciona algo, pero un poco de luz debe arrojar sobre quiénes somos. En relación con el desarrollo de las tecnologías de la información, el cine (entre otras artes) se ha dado a la tarea de documentar el nacimiento de los grandes sucesos tecnológicos de las últimas décadas y que han derivado en eso que se conoce como generación “Y” o “Millenials”.

Y es que con la llegada del computador personal, la comercialización de internet, el iPod, y las redes sociales, la narrativa de la era digital no podía ignorar las historias detrás de cada uno de estos sucesos. La forma de contarlas y el enfoque ha sido diverso. Están aquellas biografías laudatorias que no pasan de la anécdota motivacional sobre los “genios” de la informática, y están otras, que rascan sobre la superficie para llegar a esas partes que no vemos.

Un claro ejemplo de ello, es The Social Network de David Fincher. El filme, que va más allá de narrarnos el nacimiento de Facebook, es acertado porque el guión nos revela que la naturaleza intrínseca de esa red social en específico, está ligada estrechamente con la historia personal de sus creadores. Si obviamos el cliché del nerd de Harvard, que crea un blog universitario para catalogar y clasificar a las mujeres más guapas del campus, y nos quedamos con esto último precisamente, entonces diremos ¡Eureka!

Claro, no es posible aislar el hecho de que Mark Zuckerberg no era el prototipo de un Ken en sus tiempos universitarios. Tampoco podemos olvidarnos de su escaso éxito social. Por ello, no deja de ser irónico que el proyecto que lo llevó a la cumbre, radique precisamente en una idea sobre la inclusión y la aceptación social; esa que quizá él no tuvo.

Por otra parte, el morbo que genera la particular historia de Zuckerberg, en la que van incluidas la traición, los celos y la ambición, es otro jugoso elemento de esta exhibición permanente del individuo de hoy; siempre es alimento para el espíritu el escarnio y cotilleo que puede generar el chisme del otro. No olvidemos que las redes sociales, son esa nueva forma de convivencia, con todo lo que eso implica.

Porque el verdadero sentido de actualizar un estado, subir una foto, o etiquetar a alguien, tiene que ver con el hecho de la réplica que esto va a generar. La cantidad de “likes” o “retwitts” que nuestros respectivos perfiles de redes sociales acumulen son directamente proporcionales a la aceptación social que creemos tener. Nuestros seguidores o amigos en la red, sin importar que los conozcamos físicamente o no, conviven con nosotros; saben lo que comemos, a dónde vamos, con quien salimos, si estamos deprimidos, felices, hastiados, borrachos, aburridos… la convivencia existe, pero en nuevos términos.

Si pensamos que cada época en la historia del hombre está parcial o totalmente definida por los objetos que le rodean, entonces se antoja pensar que los diversos tipos de sables y espadas definían el status quo del caballero medieval; o que el uso de un guardapelo con determinados acabados y características nos hablaban de la clase social de una mujer en el siglo XIX. Ahora, si aterrizamos en el siglo XXI y pensamos en ese objeto que nos determina, quizá el gadget sea el indicado para esta era.

Vivimos hoy en la época de los dispositivos “inteligentes”. Si hace más de cincuenta años la aparición del televisor y el teléfono causaron conmociones sociales, hoy día el nivel de sofisticación y la rapidez de las actualizaciones tecnológicas ya no dan pauta para el asombro. No obstante, la necesidad de estar al día, y pendientes de los nuevos lanzamientos de los gigantes de la informática, siguen siendo curiosamente, acontecimientos de relevancia mundial.

Cuando Steve Jobs vivía (como nota al margen, ya viene la biopic de Boyle al respecto de Jobs, y al parecer en esta no habrá concesiones), el anuncio de un nuevo dispositivo de Apple se traducía en un evento de alcance global y digno de una amplia cobertura mediática. Lo interesante de cada nuevo lanzamiento de Apple, descansaba en que no sabías si el interés era genuinamente por el nuevo gadget de la compañía, o por el simple hecho de escuchar a Jobs parlar dos que tres oraciones relativas a la innovación, el diseño y la tendencia. Sus palabras eran sagradas para ciertos gurús del mundo tecnológico, y los dichos de la cabeza estratégica detrás del iPod marcaban la pauta para los interesados del gremio.

Si bien es cierto que en el vasto mundo de la tecnología existen amplias opciones en cuanto a marcas de gadgets, lo cierto es que Apple supo dotarse de un prestigio y estatus que si bien son producto de la mercadotecnia, puesto que para términos prácticos un iPhone y un Samsung Galaxy sirven exactamente para lo mismo, el usuario de uno y otro es distinto. Y esta segmentación, viene y no de quienes estudian al consumidor.

Si unas líneas arriba hablábamos acerca de cómo los objetos nos determinan, entonces sin temor a lucir demasiado frívolos, puesto que en el devenir de la historia así ha sido; tener un iPhone o un Samsung hablará de quiénes somos. Preferir una marca entre otra da luces sobre nuestro perfil en todos aspectos. Y eso no es invención de esta era supeditada a la tecnología. En términos más íntimos y haciendo a un lado el factor consumista, que evidentemente está implícito, los objetos que nos rodean nos dotan de cierta identidad, hablan por nosotros, y si bien es cierto que hay en ello algo de frivolidad, también es verdad que estás ambivalencias nos son innatas.

No obstante, siempre habrá algo de culpa en la constante obsesiva de revisar la alerta de notificaciones en nuestro celular, tableta o equis dispositivo móvil con el que nos comuniquemos. Pero no hay que preocuparnos, se puede vivir con eso.