Ex Machina o la caída del homo sapiens

Por: Eduardo Miguel Mota

La inevitable extinción de la humanidad es un desasosiego presente en todas las civilizaciones, en todas las épocas. Es una inquietud innata, inextinguible. Imaginar cómo y cuándo acabará nuestra existencia, cómo se transformarán las sociedades, cómo cambiarán el cuerpo y el pensamiento, son enigmas que nos perseguirán hasta que finalmente contemplemos la caída. Las religiones contienen en sus libros sagrados no sólo el mito de la creación, sino también el eventual derrumbe de la especie. Así como la religión, el arte ha abordado el tema con obsesiva constancia, con maravillosa insistencia. En la literatura y en el cine se han dibujado los más bellos escenarios apocalípticos y, en algunos casos, el proceso mismo de la extinción.

Ex Machina (2015), de Alex Garland, no cuestiona la verosimilitud del ocaso del ser humano, lo asume. Las preguntas son cómo y cuándo, no si es probable. Esta cinta de ciencia ficción se centra en el punto de quiebre, en el momento en el que la humanidad, al fin, comienza a vislumbrar el inicio del fin, la sustitución de una especie por otra. ¿Y quién nos sustituirá? Nuestras propias creaciones, naturalmente. No son desconocidos el fulgor tecnológico del siglo XX ―resplandor que va in crescendo en el siglo XXI― ni los giros radicales que propició en nuestra percepción de la vida y de lo que define a una persona.

Garland plantea un espeluznante y verosímil escenario: ¿Qué pasaría si los datos de navegación de Internet de millones de usuarios alrededor del mundo, si los criterios de búsqueda de cada internauta, fuesen utilizados para crear una inteligencia artificial tan eficiente que lograra pasar desapercibida ante los ojos de un ser humano?

La película comienza precisamente en este punto: Nathan es un brillante programador dueño del buscador más grande de la red y, por ende, con la mayor concentración de datos sobre el comportamiento de los consumidores. Con el uso de estos registros, el personaje protagonizado por Oscar Isaac (A propósito de Llewyn Davis, Drive: el escape) construye a AVA (Alicia Vikander), una máquina con la inteligencia artificial perfecta.

Nathan necesita, sin embargo, comprobar que su creación realmente puede funcionar como un ser humano ordinario: pensar, sentir, mentir, cortejar y, por supuesto, mantener una relación sexual y sentimental. El sujeto prueba para este experimento es Caleb (Domhnall Gleeson), quien tiene que juzgar si AVA es competente para desenvolverse en el mundo humano, sin conocer que AVA fue creada en base a sus registros de búsqueda, a sus gustos en mujeres y a su forma de contemplar el mundo. Es decir, Caleb ignora que él es el objeto de estudio, no el analista.

Es aquí cuando la película nos paraliza. ¿Y qué pasa con los datos de navegación de cada uno de nosotros? ¿Deberíamos dejar de usar Google? Una máquina con una inteligencia mayor a la nuestra, que guarda en su memoria información sobre nosotros que irónicamente podríamos no recordar, nos coloca en una clara desventaja. Cada internauta tendría ante sí a un ente capaz de manipularle, de utilizarle cual peldaño hasta llevarle a la desaparición.

Todos entendemos que las empresas guardan registros de nuestras preferencias de mercado, que se realizan estudios sociales de comportamiento para la creación de nuevos productos, en otras palabras, que el mundo futurista de Alex Garland está más cerca de lo que pensamos. Habría que considerar, también, que la robótica ha avanzado a pasos agigantados durante los últimos 20 años. Cada vez hay una mayor presencia de smartphones, de computadores con enormes capacidades, y ésto sólo en los usuarios estándar. La robótica más desarrollada es ya utilizada en ámbitos especializados de la ciencia.

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Ex Machina es, como suelen ser las obras de ciencia ficción, más cercana a nuestro tiempo de lo que creemos. Es una cinta cinematográfica en la que encontramos una ventana a ese lado mercantil de la tecnología que no nos gusta ver y que, algunos más ingenuos, todavía ignoran. No podría negarse que el punto de declive de la raza humana se encuentre en el consumismo y en los avances tecnológicos que en pos de este principio se hacen. La culminación del homo sapiens podría no estar en cuatro misteriosos jinetes, ni en el término de un sol, sino en las creaciones tecnológicas que en apariencia simplifican nuestra vida.